Convirtiendo Eurovisión en una guerra cultural
Históricamente, los medios pro-Kremlin han mantenido una relación complicada con Eurovisión. La incuestionable popularidad del festival entre la ciudadanía rusa choca con la insistencia del Kremlin de presentarlo (al igual que a Europa en sí) como un símbolo del mal.
Una decadencia moral vestida de arcoíris
El Kremlin emplea un tiempo y un esfuerzo considerables en tratar de moldear a su antojo la percepción colectiva de su población para promover la idea de una supuesta superioridad moral y civil de Rusia sobre Occidente. Incluso se han inventado un término despectivo que engloba todos los males que aquejan Europa: «Gayropa», la idea de que Europa es sinónimo de LGBT. Además, en los manuales del Kremlin, pertenecer a este colectivo se asocia con el fracaso moral y la degeneración, por lo que Europa, envuelta en banderas arcoíris y demás parafernalia, está abocada al colapso. Como norma, el Kremlin contrasta esta narrativa con la exaltación de una Rusia espiritualmente equilibrada.
Hoy en día, este término difamatorio se ha generalizado en el discurso ruso contra Occidente. Sin embargo, fue utilizado por primera vez en el contexto de Eurovisión en 2014 y, desde entonces, los propagadores de desinformación del Kremlin han señalado al festival como el símbolo originario de la «degeneración» de Occidente.
Como una expareja tóxica
En 2022, la Unión Europea de Radiodifusión (UER) «ayudó» finalmente a Rusia a resolver su conflicto interno con Eurovisión. El país fue expulsado completamente del certamen por haber iniciado una guerra de agresión no provocada y a gran escala contra Ucrania.
A pesar de toda la retórica pro-Kremlin que vilipendiaba el Festival de Eurovisión, la decisión de la UER debió de afectarles, porque las ediciones posteriores (que carecían de la rectitud moral de los participantes rusos) fueron recibidas con más insultos que nunca. Un claro ejemplo fue la edición de 2024, celebrada en Malmö, Suecia. Rossiyskaya Gazeta, periódico oficial del gobierno ruso, citó a la portavoz del Ministerio de Exteriores de Rusia, Maria Zajárova, quien afirmó que la competición «había superado cualquier orgía, aquelarre o sacrilegio ritual».
Un think tank o grupo de reflexión pro-Kremlin señaló que en la edición de 2024 había ganado un «homosexual de Suiza», y opinó que aquello constituía la prueba definitiva de la «degeneración de Europa». Otra página web pro-Kremlin declaró que Eurovisión es una «ciénaga inmoral, anticristiana y plagada de antivalores corrosivos».
Una visión del alma rusa
Había que hacer algo. Tal y como sostuvo un legislador ruso, Eurovisión se había vuelto perjudicial para los niños. El Estado tenía que asegurar «el progreso y la protección de los valores morales y espirituales tradicionales de Rusia» frente a la ofensiva gay de Europa. Rusia necesitaba un equivalente del Festival de Eurovisión sin tintes homosexuales.
De modo que, el 3 de febrero de 2025, Putin promulgó un decreto en el que hacía un llamamiento a la creación de un concurso análogo: el Festival de la Canción de Intervisión. La idea no era nueva: el Festival de la Canción de Intervisión fue un intento del Bloque del Este de crear su propia versión de Eurovisión durante la Guerra Fría, celebrado de forma intermitente entre 1965 y 1980. Recuperarlo ahora no es solo un gesto nostálgico: es un guiño deliberado al legado soviético que la Rusia moderna parece cada vez estar más empeñada en recuperar.
Mantener las riendas
El decreto de Putin también insta a la creación de un consejo de supervisión encargado de regular el concurso, impulsar su prestigio internacional y controlar su imagen en los medios de comunicación. Este consejo estará presidido por el propio jefe adjunto de Gabinete de Putin, Serguéi Kiriyenko, quien, casualmente, también es una de esas personas que está totalmente convencida de que la sociedad debería estar «programada». Además se trata de todo un pionero de la metodología de desinformación moderna y se le considera la mano derecha de Putin y quien le resuelve los asuntos delicados.
El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, aseguró a la futura audiencia que en Intervisión no tendrán cabida las «perversiones ni burlas de la naturaleza humana». Ya hay un participante confirmado: Bielorrusia, quizás porque Putin se lo pidió personalmente a Lukashenko en una reunión reciente. Entre otros de los participantes previstos se incluyen Azerbaiyán, Brasil, China, Kirguistán y Cuba, probablemente junto con alguna representación de Oriente Medio.
Un escenario para los portavoces de la propaganda del Kremlin
Sobre el papel, el artista que lidere la lista de éxitos de cada país participante será quien represente a su nación. En el caso de Rusia, el candidato elegido es, naturalmente, un ferviente partidario de Putin: la estrella del pop afín al Kremlin Yaroslav Dronov, más conocido como Shaman. Su canción Vstanem (Levantémonos) abrió el mitin de Putin de 2022 y, desde entonces, se ha convertido en un himno bélico que ha resonado a lo largo de toda la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania.
Otra de sus «obras maestras», Ya Russkiy (Soy ruso), proclama con orgullo: «Soy ruso, que se fastidie el mundo entero». La estética militar de Shaman y su retórica nacionalista lo han llevado a comparaciones con la Alemania de los años 30. Algunos usuarios de redes sociales incluso han sido denunciados ante los tribunales por compararle con el cantante de las Juventudes Hitlerianas de la película Cabaret de Bob Fosse.
Guerra cultural
Todo esto dista mucho de 2003, cuando Rusia estuvo representada en Eurovisión por t.A.T.u, un dúo de pop que se hacía pasar por una pareja de lesbianas. En ese momento, habría sido difícil imaginar que un día Rusia básicamente prohibiría a su población expresar abiertamente su orientación sexual inventándose un supuesto «movimiento LGBT internacional» al que tacharía de «extremista».
Sin duda, la decisión de restablecer Intervisión no responde a un interés por la música, sino a la intención de iniciar una guerra cultural. Forma parte de la estrategia más amplia del Kremlin de redefinir la cultura en sus propios términos, rechazando a quienes percibe como extraños o demasiado liberales, y situando al Estado y la tradición por encima de todo lo demás. La Rusia de Putin no solo está dando la espalda a Europa y a Occidente, sino que se está posicionando a sí misma como un nuevo centro de poder, una ambición que se extiende incluso a los concursos mediáticos de canciones pop.
No se deje engañar.