El auge de la industria de la desinformación por encargo
La aparición de una industria global de la desinformación a gran escala ha privatizado las operaciones de influencia y dotado a los Estados de alcance estratégico combinado con una negabilidad plausible.
El mundo de la propaganda ha experimentado una revolución silenciosa. Las operaciones que antes llevaban a cabo gobiernos autoritarios y agencias de inteligencia ahora se subcontratan a empresas privadas que ofrecen servicios de desinformación y engaño. Desde falsos ejércitos de miembros en las redes sociales hasta campañas de desprestigio generadas con inteligencia artificial, la desinformación y la manipulación de información e injerencia por parte de agentes extranjeros (FIMI) se han convertido en un negocio global que pone al alcance de los regímenes autoritarios nuevas formas de influir en terceros para luego negarlo todo.
De la propaganda estatal a la desinformación por encargo
Durante décadas, las operaciones de información estuvieron estrictamente controladas por los Estados. La Unión Soviética perfeccionó el arte de la dezinformatsiya; más tarde, Rusia lo institucionalizó mediante organizaciones digitales modernas, como la Agencia de Investigación de Internet (IRA).
En la última década, sin embargo, este modelo se ha comercializado. La desinformación y el engaño se han convertido en un servicio con fines lucrativos ofrecido por empresas con experiencia en inteligencia, el ámbito militar o el marketing. Estas empresas, que operan en todo el mundo, venden paquetes completos de campañas FIMI que incluyen campañas falsas en las redes sociales, intrusión informática, filtraciones de datos y “gestión del discurso” con el fin de difundir contenidos falsos y manipulados en países democráticos.
La externalización como pantalla
Esta externalización proporciona tanto eficiencia como negabilidad. En la actualidad, los Estados autoritarios buscan externalizar las operaciones de desinformación a intermediarios privados, al tiempo que se escudan frente a las consecuencias diplomáticas y jurídicas.
Por medio de este modelo, las partes malintencionadas también pueden experimentar con tácticas arriesgadas, como contenidos generados por IA, intrusión informática o deep fakes, operaciones que tendrían gravísimas consecuencias políticas o diplomáticas si fueran llevadas a cabo directamente por instituciones estatales. De este modo, pueden destinarse a la población de otros países empleando campañas de influencia a medida que también les permiten negar de manera plausible toda conexión con las entidades privadas que las ejecutan.
La externalización también permite el blanqueo de información, es decir, ocultar el verdadero origen de la desinformación haciéndola circular por empresas privadas, cuentas falsas y medios de comunicación subsidiarios. A medida que estos actores repiten y amplifican el mensaje, este comienza a parecer verdadero y generado localmente, lo cual permite que las partes malintencionadas difundan discursos concretos al tiempo que niegan toda implicación.
Es el equivalente informativo de contratar mercenarios: el cliente disfruta de los resultados sin asumir culpa alguna.
El equipo Jorge y la comercialización del engaño
Una investigación realizada por Forbidden Stories en 2023 sobre una entidad llamada “Team Jorge” sacó a la luz el funcionamiento interno de este nuevo ecosistema de influencia por encargo. Esta empresa afirmaba haber interferido en 33 elecciones presidenciales y ganado 27 de ellas. Entre sus clientes había partidos políticos, empresas y, supuestamente, elementos con vínculos estatales.
El corazón del sistema de Team Jorge era Advanced Impact Media Solutions (AIMS), un software capaz de crear y coordinar miles de cuentas falsas en redes sociales con fotos artificiales, biografías e historias de fondo. Estos avatares podían movilizarse para desbordar los debates, difundir discursos o acosar a los oponentes.
Rusia sigue teniendo una presencia importante en este ecosistema subcontratado. Empresas privadas como Social Design Agency (SDA) y Structura llevan a cabo actualmente operaciones de influencia a gran escala que reflejan, y en muchos sentidos sustituyen, las funciones de las antiguas fábricas de trolls de San Petersburgo. Estas empresas gestionan activos online encubiertos, difunden discursos promovidos por el Estado y aportan al Kremlin una capa adicional de negabilidad.
Periodistas encubiertos grabaron demostraciones de técnicas de intrusión informática, infiltración en los medios de comunicación y publicación de noticias falsas de la empresa. La magnitud de estas operaciones y lo fácil de su acceso a los clientes para los que trabajan revelaron que la desinformación se ha convertido en un producto global.
Operaciones híbridas: cuando Internet se adentra en el mundo real
Las campañas de influencia modernas ya no se desarrollan únicamente en Internet, sino que también lo hacen en el espacio intermedio que existe entre la realidad digital y el mundo real.
La Agencia de Investigación de Internet (IRA) lo demostró durante las elecciones estadounidenses de 2016, cuando agentes rusos que se hacían pasar por activistas estadounidenses organizaron manifestaciones en el mundo real, pagaron a los participantes y coordinaron su difusión amplificada en Internet. Lo que comenzó como una guerra de memes terminó con una movilización real.
Las operaciones híbridas actuales combinan intrusión informática, la financiación encubierta de influencers locales y frentes mediáticos secretos. Los organizadores de las campañas crean sitios web de noticias y falsos personajes influyentes con aire creíble para introducir discursos formulados a medida en la esfera pública. Una vez en circulación, estos discursos se mezclan con contenidos auténticos y se difunden tanto en los medios digitales como en los tradicionales, lo que hace más difícil detectar la manipulación.
Automatización e inteligencia artificial: el nuevo potenciador
El modelo original de la granja de trolls, consistente en cientos de jóvenes trabajadores que publican manualmente por turnos, está siendo sustituido por la automatización mediada por la inteligencia artificial.
Sistemas como el AIMS de Team Jorge, o herramientas más recientes basadas en macromodelos lingüísticos, son capaces de gestionar miles de cuentas falsas y generar contenido multilingüe adaptado al público objetivo en tiempo real. La IA permite que campañas que antes requerían cientos de personas sean ejecutadas por un puñado de operadores o incluso por una sola persona. Lo que antes necesitaba una granja de trolls y un edificio entero en San Petersburgo, ahora puede hacerse tan solo con un ordenador portátil.
Una guerra informativa asimétrica
La aparición de estas empresas de influencia por encargo ha dado lugar a un nuevo desequilibrio estratégico: la guerra informativa asimétrica.
En esta asimetría, las autocracias gozan del máximo alcance con un riesgo mínimo. En su país, están protegidas por la censura, el control y la negación. Las democracias, sin embargo, están más expuestas. Sujetas por la transparencia y la ley, son profundamente vulnerables y sus defensas son escasas.
Este desequilibrio no es solo político, sino también estructural. Los regímenes autoritarios pueden utilizar la desinformación y la inteligencia artificial para modelar a su antojo el discurso global, influir en las elecciones de otros países y menoscabar la confianza, al tiempo que eluden la rendición de cuentas. Las democracias, por su parte, deben jugar a la defensiva en redes abiertas diseñadas para la libre expresión.
El riesgo para la democracia y el camino por recorrer
Estas operaciones ya están remodelando la realidad política. Las empresas de influencia por encargo han desarrollado su labor en elecciones en África, Europa y América Latina. Las campañas de desinformación promueven la polarización, deslegitiman las instituciones mediáticas y explotan las divisiones sociales para debilitar la cohesión democrática.
La mercantilización de la desinformación corre el riesgo de crear una tierra de nadie global en la que la verdad es optativa y la rendición de cuentas muy difícil. A medida que las herramientas de IA vayan siendo cada vez más baratas y capaces, es probable que estas operaciones no hagan sino crecer en su escala y sofisticación.
Reconocer esta asimetría y responder con resiliencia y regulaciones es la única forma de impedir que la verdad misma se convierta en una mercancía.