La retórica de la paz de Rusia: una cortina de humo para encubrir la agresión

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La negativa de Putin a aceptar toda paz que no termine por conducir al sometimiento de Ucrania no es nueva. Desde hace ya décadas, el Kremlin combina un lenguaje diplomático vacío de significado con campañas de manipulación de información e injerencia por parte de agentes extranjeros que presentan a Moscú como un interlocutor razonable al tiempo que socava la soberanía de sus vecinos.

Las conversaciones que tuvieron lugar recientemente en Ginebra entre los negociadores estadounidenses y ucranianos apuntan a un tímido progreso en el debate de un posible acuerdo de paz. Está por ver, sin embargo, si Putin estaría dispuesto a aceptarlo. Como si quisiera subrayar este último punto, Rusia bombardeó Kiev con misiles y drones después de las conversaciones.

A pesar de su insistencia en que está dispuesta a acordar la paz, Rusia obstruye toda acción verdaderamente diplomática mientras bombardea las ciudades ucranianas y emprende campañas de manipulación e injerencia que cuestionan la soberanía de Ucrania. Impávido ante las más de 200 000 muertes que ha sufrido en el campo de batalla, Putin parece dispuesto a luchar hasta el penúltimo ruso (él sería el último) si con ello logra su objetivo final de borrar a Ucrania del mapa.

La cortina de humo “diplomática” de Rusia

El abismo que separa las palabras de los hechos no viene de ahora, sino que es una característica tradicional de la política exterior rusa. Ya era evidente a principios de la década de 1990, cuando Rusia reconoció oficialmente la soberanía de Moldavia tras el colapso de la Unión Soviética mientras financiaba en secreto a los grupos separatistas del país. La guerra de 1992 en la región moldava de Transnistria, marcada, en gran medida, por la intervención rusa, terminó oficialmente con un alto el fuego. Sin embargo, Rusia nunca llegó a retirarse y sus tropas permanecen allí hoy en día para sostener un régimen separatista que Moscú no reconoce oficialmente pero que controla por completo.

Lo mismo se repitió en Georgia en 2008. Años de apoyo a los movimientos separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, incluida la expedición masiva de pasaportes rusos, culminaron en una invasión militar con el pretexto fue proteger a los ciudadanos rusos. Tras un alto el fuego negociado, Rusia acantonó sus fuerzas en Georgia y rápidamente reconoció ambos territorios como “independientes”, un acto que fue condenado de manera generalizada por constituir una vulneración de la soberanía de Georgia.

Ucrania: una estrategia trazada sin disimulo

En Ucrania, este patrón fue aún más patente. En 2014, Rusia se anexionó Crimea ilegalmente e inició una operación militar encubierta en el Dombás con la que infringió el Memorándum de Budapest de 1994, en el que Moscú se había comprometido a respetar la soberanía de Ucrania a cambio de que Kiev renunciara a su arsenal nuclear.

Ante la presión internacional, Rusia firmó los acuerdos de Minsk I y II en 2014 y 2015, cuya finalidad era rebajar la tensión en el conflicto del Dombás mediante un alto el fuego y una reforma política, que Moscú no tenía intención de cumplir. Siguió apoyando a las fuerzas separatistas e incumpliendo sistemáticamente el alto el fuego mientras fingía actuar como mediador neutral y culpaba a Ucrania del retraso en su aplicación.

En lugar de resolver el conflicto, el proceso de Minsk permitió a Rusia prolongarlo en sus propios términos manteniendo la presión militar sobre Ucrania y evitando, al mismo tiempo, tener que rendir cuentas. También permitió que Putin reformulara el discurso. Como proclamó hace poco, “Rusia no inició esta guerra, eso es simple propaganda occidental. Rusia está haciendo todo lo posible para poner fin a la guerra iniciada en 2014 contra el pueblo del Dombás”. Esta versión de los hechos pasa por alto las pruebas irrefutables que demuestran que Rusia ayudó a orquestar la guerra y que su ejército fue parte indudable en ella desde el primer momento.

La negociación como manifestación teatral

Saltamos a marzo de 2022, cuando otra ronda de negociaciones en Estambul despertó nuevas esperanzas. Los funcionarios rusos hablaban de “diálogo constructivo”, pero era una promesa vana: la propuesta de Rusia para Ucrania incluía exigencias desmedidas, como la retirada total del ejército ucraniano de las regiones parcialmente ocupadas por Rusia y la prohibición de que Ucrania desplegara o movilizara sus fuerzas armadas. Mientras tanto, Rusia intensificó sus bombardeos sobre Ucrania lanzando ataques con drones sin precedentes con el pretexto de atacar “objetivos militares”.

Tras las conversaciones de agosto de 2025 en Alaska entre Putin y el presidente estadounidense Donald Trump, se repitió el mismo guion: el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, declaró que Rusia seguía decidida a encontrar una solución al conflicto por “medios políticos y diplomáticos”. Pronunció esta declaración al día siguiente de un ataque ruso masivo contra Kiev que causó la muerte de 23 civiles, entre ellos cuatro niños, y dañó más de 200 edificios, incluida la sede de la delegación de la Unión Europea.

Las conversaciones de Ginebra y la falsedad rusa

Las recientes conversaciones de Ginebra han puesto en marcha una vez más la maquinaria rusa de manipulación e injerencia con dos discursos principales: por un lado, que Ucrania se niega a aceptar un acuerdo de paz razonable y, por el otro, que la Unión Europea y el Reino Unido actúan como saboteadores con la intención de obstaculizar las negociaciones deliberadamente y paralizar los esfuerzos de paz. Ambos discursos acusan a Ucrania y a sus socios europeos de “avivar el conflicto” en lugar de trabajar por la paz, dando así la vuelta a la realidad de las continuas agresiones rusas. Los comentaristas favorables al Kremlin amplifican este argumento alegando que Europa pretende intensificar el conflicto mediante sanciones, incautaciones de activos y amenazas militares.

A pesar del derramamiento de sangre que provoca en el campo de batalla, Moscú sigue apelando a la diplomacia. En la práctica, no obstante, las negociaciones le sirven como una representación teatral estratégica con la que gana tiempo, redirige la presión internacional y ofrece una falsa imagen de interlocutor responsable mientras el conflicto se recrudece.

¿Qué es necesario para una paz que sea justa y duradera?

La Unión Europea quiere una paz justa y duradera que respete la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. Solo así será una paz verdaderamente estable y no el mero preludio de una futura guerra. La postura de Europa refleja una creencia fundamental: la diplomacia solo es útil cuando defiende el derecho internacional, no cuando legitima ambiciones imperialistas.

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