Cuando la propaganda reemplaza a la política: la crisis del agua rusa en la Ucrania ocupada
El 30 de septiembre de 2025, Rusia celebró el aniversario de la “reunificación de las nuevas regiones”, que es como las fuentes de desinformación favorables al Kremlin denominan a la ocupación de parte de las regiones ucranianas de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia y Jersón. Para conmemorar la ocasión, Rusia acuñó monedas que representaban los territorios ucranianos y organizó fastuosos conciertos en los que las principales celebridades rusas alabaron el “cuidado” que Moscú prodigaba a los territorios ocupados. Con estos actos, orquestados hasta el más mínimo detalle, el Kremlin intentaba ofrecer una imagen de estabilidad y prosperidad, una performance propagandística cuyo fin era disimular la dura realidad de estos territorios, que dista mucho de esta imagen embellecida.
Un ejemplo revelador de cómo transcurre realmente la vida en los territorios ocupados es la actual crisis hídrica. Desde la primera invasión de Rusia en 2014, estas regiones se han enfrentado a una grave escasez de agua potable, un problema que se ha agravado aún más desde 2022 y que ahora supone un importante quebradero de cabeza para el Kremlin. Su receta particular para enmascarar esta circunstancia consiste en un bombeo incesante de propaganda y desinformación.
Crimea y el mito del “ecocidio hídrico”
Hasta 2014, Crimea recibía el 85 % de su agua a través del canal de Crimea del Norte, una gran instalación hidráulica que desviaba el agua del río Dniéper hacia la península. Tras la ocupación y la negativa de Rusia a negociar o pagar por este valioso recurso, Ucrania cortó el suministro de agua a Crimea y construyó una presa temporal en la región de Jersón.
Durante un tiempo, los embalses de Crimea permitieron al Kremlin restar importancia al problema. Sin embargo, las exigencias militares pronto desequilibraron el balance hídrico de Crimea. El ejército ruso que ocupaba Crimea utilizaba cantidades insostenibles de agua para cubrir sus propias necesidades y el crecimiento artificial de la población en la península debido al reasentamiento masivo de ciudadanos rusos también aumentó la presión sobre los recursos. En 2016, la escasez era lo bastante grave como para que Moscú convirtiera este problema en un arma política. En una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas celebrada en noviembre de 2016, el representante ruso Piotr Ilichov acusó a Ucrania de llevar a cabo un “bloqueo hídrico” que, según él, socavaba los derechos humanos y las normas internacionales. La acusación omitía un hecho fundamental: de acuerdo con el derecho internacional, un Estado ocupante tiene la responsabilidad de satisfacer las necesidades básicas de la población.
Desde entonces, Rusia ha construido un elaborado discurso sobre el supuesto “ecocidio hídrico” de Ucrania e incluso llegó a interponer una demanda ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). Cuando el Tribunal terminó por rechazar la demanda de Rusia en 2023, pocos medios de comunicación del Kremlin se molestaron en mencionar el resultado. La demanda ya había ejercido su efecto desinformativo y reforzado el argumentario preferido por Rusia, donde se presenta como víctima y parte moralmente superior frente a lo que da en denominar “injusticia occidental”.
Culpar a Occidente, prometer milagros
Además de culpar a Ucrania, el Kremlin también ha intentado convertir al “Occidente perverso y agresivo” en el supuesto culpable afirmando que “el bloqueo hídrico de Crimea forma parte de la estrategia antirrusa” adoptada por la Unión Europea y los Estados Unidos. Otros discursos rayan en lo absurdo: dado que el río Dniéper nace en Rusia, argumentaron los propagandistas, su agua “pertenece” a Moscú, e incluso amenazaron con “cortar el río” a Ucrania.
Para ocultar el empeoramiento de la situación real, los canales de desinformación pro-Kremlin bombardearon a la audiencia con promesas de prodigios de la ingeniería. El Kremlin se comprometió a construir un túnel submarino bajo el mar Negro para abastecer a Crimea con agua rusa. También propuso extraer agua del fondo de las cuevas marinas, donde “nuevos manantiales manan directamente del fondo del mar Negro”. Incluso afirmó que se enviarían aviones para hacer llover obligando a las nubes a descargar sobre los embalses.

Nada de esto se ha cumplido. La población local se acostumbró a los cortes de agua programados y a las colas interminables frente a los camiones cisterna que les abastecían de agua potable varias veces a la semana. Mientras tanto, el ejército ruso perforaba nuevos pozos y tendía conducciones de agua para cubrir sus propias necesidades mientras se preparaba para su invasión a gran escala.
El agua como pretexto para la guerra
En 2022, la propaganda relacionada con el agua se convirtió en la justificación de la agresión militar. Rusia no ocultó que uno de sus objetivos militares en Ucrania era establecer un corredor terrestre desde Rusia hasta la Crimea ocupada y hacerse con el control del canal de Crimea del Norte, lo que se describió como una misión de “liberación” para restaurar el suministro de agua a la península. En apenas unos días, las fuerzas rusas ocuparon las instalaciones hidráulicas de la región ucraniana de Jersón, y los medios de comunicación estatales celebraron esta acción como un triunfo: Moscú había cumplido, supuestamente, su promesa de salvar a Crimea de la sed.
La idea de que restablecer el suministro de agua a Crimea podía, de algún modo, legitimar la invasión de Rusia llegó incluso a figurar en los debates occidentales. En octubre de 2022, Elon Musk incluyó la garantía del suministro de agua a Crimea como uno de los puntos de la controvertida propuesta de paz entre Rusia y Ucrania que publicó en su cuenta de Twitter.
En realidad, esta presunta victoria también fue vana. Incluso los comentaristas del Kremlin admitieron que las pérdidas de agua en el canal alcanzaban el 40 %, y culparon a Kiev de no mantener una infraestructura que llevaba años bajo la ocupación rusa.
Desde entonces, el suministro de agua ha disminuido en las regiones del sur de Ucrania, incluida Crimea. En 2023, mientras contenía una contraofensiva ucraniana, el ejército ruso voló la presa de Kajovka, lo cual resultó en otra emergencia para todas las instalaciones que dependían del agua del Dniéper. Al no tener a nadie más a quien culpar del “ecocidio hídrico” de Crimea, las autoridades rusas comenzaron a silenciar el problema del suministro de agua en Crimea, lo cual es otra forma de control más en el manual de manipulación del Kremlin.
Patriotas sedientos
En 2025, la cuestión del suministro de agua en las zonas ocupadas del este de Ucrania se convirtió en un problema grave. Los informes independientes describen un panorama sombrío radicalmente opuesto al discurso oficial. Grandes ciudades como Donetsk y Mariupol solo disponen de agua durante unas pocas horas cada dos o tres días. Los hospitales, las guarderías y las escuelas son las primeras víctimas cuando el agua deja de correr: distritos enteros dependen del agua que llega en camiones solo una o dos veces por semana, lo que obliga a los residentes a hacer cola durante horas con recipientes de plástico solo para llenar unas pocas botellas.
El Kremlin ha iniciado otra campaña de manipulación de información e injerencia en la que califica esta catástrofe humanitaria como “un problema temporal y un inconveniente de escasa importancia”. Los medios de comunicación estatales informan de que “Putin trabaja personalmente en resolver el problema” y que “se están reparando kilómetros de conducciones de la red principal de agua”. El Kremlin ha prometido al Dombás grandes proyectos de infraestructura, incluida la desalinización del agua del mar de Azov como en Israel o Corea del Sur. También afirma que “en breve” la región disfrutará de tanta agua que se construirán nuevos destinos turísticos y complejos de lujo justo donde ahora se encuentran las líneas del frente.
Al mismo tiempo, los comentaristas añaden que la población debe afrontar esta “desfavorable situación hídrica” con heroico estoicismo por el bien del gran Imperio: “No queda más remedio que ser pacientes y esperar. ¡Ojalá esta paciencia se vea recompensada lo antes posible!”. Mientras tanto, en septiembre de 2025, se supo que Rusia tiene previsto tipificar como delito la publicación de noticias sobre la escasez de agua. La táctica clásica del Kremlin no es resolver el problema, sino silenciarlo mientras perpetúa el mito de una Rusia próspera.
Controlar las percepciones, no la realidad
Desde Crimea hasta el Dombás, el agua se ha convertido en uno de los instrumentos de manipulación favoritos de Moscú. Cada etapa de la crisis, desde el mito del “bloqueo hídrico” de Ucrania hasta la fantasía de los túneles submarinos y la retórica de la “paciencia heroica”, refleja un único patrón: la estrategia del Kremlin de ocultar los fracasos en materia de gobernanza mediante la propaganda. Cuando Rusia no puede ofrecer estabilidad ni servicios básicos, ofrece discursos. Los grifos podrán secarse, pero nunca la propaganda.