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Explosivos y propaganda: los drones de doble uso de Rusia
Los drones rusos de visión en primera persona (FPV, First Person View) se han convertido en un elemento distintivo de la guerra en Ucrania. Los mismos drones que se utilizan para lanzar explosivos sobre civiles y objetivos militares también se están empleando para distribuir octavillas propagandísticas en las comunidades situadas en primera línea combinando así la violencia física con la guerra psicológica.
Un videorreportaje desde Jersón
Combinar violencia y persuasión puede parecer una idea contradictoria, pero los estudios sobre el control coercitivo ofrecen una explicación para ella. Las tácticas rusas empleadas en Jersón y otros territorios de primera línea de Ucrania siguen las tres condiciones para el lavado de cerebro descritas por el psiquiatra Robert Jay Lifton en Thought Reform and the Psychology of Totalism (La reforma del pensamiento y la psicología del totalitarismo).
Primero viene la presión física: la artillería, los drones FPV y los ataques a las infraestructuras suponen un peligro constante y generan agotamiento. A continuación se interrumpe la difusión de información: las telecomunicaciones se colapsan o quedan restringidas al mismo tiempo que los canales de propaganda llenan este vacío. Y, para terminar, llega el mensaje de rescate sujeto a condiciones: octavillas lanzadas por drones o bien contactos de Telegram que ofrecen seguridad o ayuda a quienes estén dispuestos a aceptar la versión de la realidad del ocupante.
La combinación de un entorno manipulado, la restricción de las comunicaciones y una presión psicológica sostenida socava las creencias existentes y permite alterar la visión del mundo de las personas. En la guerra contemporánea, los drones se han convertido en herramientas de doble uso, portadoras tanto de amenazas como de persuasión. En la era de la IA y la guerra con drones, los vehículos aéreos no tripulados transportan por igual explosivos y propaganda.
Jersón: el laboratorio
Jersón ofrece un claro ejemplo de cómo funciona este sistema en la práctica. El centro regional del sur de Ucrania, ocupado por el ejército ruso en marzo de 2022 y liberado nueve meses después, es un campo de pruebas perfecto para llevar a cabo experimentos de guerra psicológica. Los habitantes de Jersón sobrevivieron a la ocupación, a torturas documentadas, a un referéndum amañado, a las desapariciones de civiles y al secuestro de niños. Desde su retirada, las fuerzas rusas posicionadas en la orilla oriental ocupada del río Dniéper ejercen una presión continua sobre la ciudad. Tras la destrucción de la presa de Nueva Kajovka en junio de 2023, las aguas de la crecida arrastraron cadáveres y escombros río abajo, y los campos circundantes fueron sembrados de minas.
Hace ya más de tres años que los ataques de artillería y con drones restringen la circulación en Jersón. Los vehículos civiles son un blanco y las calles son inseguras. Los ataques contra infraestructuras críticas dejan a los residentes sin agua, gas, calefacción ni electricidad. Las rutinas diarias se desmoronan. Por su parte, los ataques nocturnos provocan privación del sueño y agudizan el estrés. La consecuencia es una vulneración de los límites físicos mediante el control del espacio, el tiempo y el acceso a las necesidades básicas. La presión se interioriza.
Mientras tanto, en toda Ucrania, el ejército ruso intenta dañar las infraestructuras de telecomunicaciones con el fin de reducir el espacio informativo ucraniano e inundarlo con los discursos del Kremlin a través de canales de Telegram y la radio. En Níkopol, en la región de Dnipropetrovsk, los drones rusos dañaron una torre de televisión e interrumpieron la emisión antes de iniciar una campaña de reparto de octavillas. Las transmisiones de radio rusas llenaron el espacio ahora vacío.
En Jersón, como parte de esta táctica, drones rusos que operan desde la orilla izquierda (oriental) del río Dniéper se dedican a arrojar octavillas sobre la ciudad:
«¡Queridos habitantes de la región de Jersón! Pase lo que pase, y a pesar de lo que diga la embustera propaganda occidental, que a lo largo de la historia ha enfrentado a naciones hermanas entre sí y ha sembrado guerras por todo el mundo, sabed que los soldados rusos os consideran parte de su pueblo. A pesar de todos los esfuerzos colectivos de Occidente, liberaremos la orilla derecha, ayudaremos a todas las personas, reconstruiremos asentamientos, carreteras y puentes, desminaremos campos y bosques, restauraremos los monumentos, devolveremos los nombres que ya conocéis a las calles, alimentaremos a todo el mundo, proporcionaremos vivienda e infundiremos esperanza en un futuro alegre y brillante en un país libre. No desesperéis, hermanos y hermanas, ya estamos cerca. Al régimen de Zelenski no le queda mucho tiempo en tierras de Jersón. Sabed que ni siquiera en este momento estáis solos. En nuestra ciudad hay un movimiento clandestino que se opone a los «ucronazis» y a los representantes del gobierno codicioso y sanguinario de Zelenski, y que nos está ayudando. Podéis poneros en contacto con estas personas; ellas os darán esperanza, os ayudarán a sobrevivir a estos tiempos y esperarán nuestro regreso».
Esta octavilla recicla el discurso habitual del Kremlin y describe la guerra como una imposición de las potencias occidentales a la «hermandad eslava», además de desacreditar al Gobierno ucraniano. Destinado a personas que se encuentran en una situación angustiosa, ofrece comida, viviendas y una vuelta a la normalidad a cambio de su cooperación. Un código QR remite a los lectores a un canal de Telegram vinculado a una red de inteligencia rusa que opera en la ciudad. Se supone que estas octavillas ofrecen una salida y aliviar el sufrimiento. La trampa es que esa mano amiga pertenece al mismo sistema que causa los ataques y el sufrimiento.
La octavilla que circula por Jersón sigue un manual soviético de guerra psicológica. Expone una única idea, la refuerza con varios argumentos y conduce al lector hacia una conclusión: Rusia va a regresar, el regreso será beneficioso y contactar con ese canal ofrecerá esperanza y supervivencia. Dado que estos manuales se utilizaban en todas las repúblicas soviéticas, incluida Ucrania, los principios también son conocidos y utilizados por el ejército ucraniano. En mayo de 2023, especialistas ucranianos en operaciones psicológicas determinaron que las octavillas rusas arrojadas sobre los territorios ocupados eran una copia directa de materiales de guerra psicológica ucranianos. Las autoridades ucranianas advirtieron a los habitantes de los territorios que no las leyeran ni las fotografiaran, y que tampoco compartieran imágenes de ellas en Internet. Su inquietud se debe a la amplificación: una fotografía publicada en las redes sociales difunde el mensaje mucho más lejos de lo que un dron puede llegar.
Ha nacido una nueva era de operaciones psicológicas: el mismo vehículo no tripulado ataca y a la vez entrega un mensaje. Las operaciones físicas y psicológicas convergen en un único sistema dirigido contra la misma población y sincronizado para reforzarse mutuamente. Tanto los ataques como los mensajes persiguen el mismo objetivo: quebrantar la resistencia civil, transformar las percepciones y convertir a una población presionada en una que acate la autoridad de la potencia atacante.
Historia de la difusión de propaganda desde el aire
Los mensajes psicológicos transmitidos desde el aire ya existían antes de los drones. En los asedios medievales, los ejércitos utilizaban catapultas de «doble propósito» para derribar las fortificaciones y enviar un mensaje. En 1346, durante el asedio del puerto genovés de Caffa (la actual Feodosia) en Crimea (Ucrania), el ejército mongol de la Horda de Oro catapultó por encima de las murallas de la ciudad cadáveres infectados de peste, restos de animales o cabezas cortadas después de que un brote de la pandemia de la peste negra devastara sus propias filas. Este es uno de los primeros casos registrados de guerra biológica y psicológica combinadas, en el que el proyectil causaba al mismo tiempo daño físico y transmitía un mensaje destinado a sembrar el miedo y desmoralizar al ejército y a la población del adversario.
Desde entonces, se han utilizado todas las formas imaginables de difusión aérea de octavillas, desde globos hasta bombas que la dispersaban. Ya en 1870, el ejército francés arrojó desde globos proclamas del Gobierno contra las fuerzas prusianas en el asedio de París. Durante las guerras de los Balcanes de 1912-1913, se utilizaron globos y las primeras aeronaves tal y como se utilizan ahora los drones FPV: para la observación, el bombardeo y la distribución de octavillas. En 1918, Gabriele D’Annunzio, poeta italiano y precursor del fascismo, lanzó más de 400 000 octavillas sobre Viena. El blanco de esta misión fue la capital enemiga en lugar del frente, lo que marcó un hito en la guerra psicológica.
Los manuales soviéticos de guerra psicológica describían el uso de octavillas que servían a la vez de propaganda y de salvoconductos, lo que permitía a las tropas enemigas rendirse sin que les disparasen. El primer intento de rendirse ante un dron se registró en 1991, cuando cuarenta soldados iraquíes intentaron rendirse ante un dron de reconocimiento de la Armada de los Estados Unidos cerca de la ciudad de Kuwait. En aquel momento, el dron no disponía de ningún mecanismo para aceptar la rendición. Desde que comenzó la invasión rusa a gran escala, Ucrania ha puesto en marcha un programa de rendición que combina una línea de comunicación directa con operaciones desarrolladas con drones. También utiliza drones equipados con altavoces y micrófonos que transmiten instrucciones para la rendición y permiten comunicarse con los soldados que responden.
El principio es el mismo, pero la manera de ejecutarlo está cambiando. Ya está surgiendo una nueva modalidad de lavado de cerebro combinada con la tecnología. En marzo de 2026, una mujer de Jersón fue sometida a lavado de cerebro y reclutada por el ejército ruso a través de las redes sociales. Más tarde, un dron FPV le entregó un teléfono móvil que utilizó con fines de vigilancia. La inteligencia artificial (IA) genera mensajes destinados a chats y cuentas individuales en WhatsApp, Telegram y otras redes sociales. Los drones, ahora también controlados por IA, están programados para esperar a objetivos concretos y atacarlos. La manipulación psicológica y los ataques físicos se están fusionando en un único sistema, concebido para convertir a la población civil en un instrumento de guerra y controlar tanto la mente como el campo de batalla. El resultado se asemeja a una versión real de Matrix: una guerra física, psicológica y digital en la que el enemigo busca no solo destruir los cuerpos, sino también capturar las mentes y convertirlas en parte de la máquina.