Secesión de puertas afuera, la cárcel en Rusia: el amor selectivo de Moscú por la autodeterminación
Desde Texas hasta Alberta y Cataluña, el Kremlin promueve las causas separatistas en el extranjero mientras encarcela a quienes expresan ideas similares dentro de Rusia.
El Kremlin acusa habitualmente a otros países de instigar «revoluciones de colores» y de fomentar movimientos separatistas. Dado el archiconocido don para la proyección del que hace gala el Kremlin, no es ninguna sorpresa que Moscú lleve a cabo precisamente el tipo de acciones que denuncia cuando apoya movimientos separatistas en países occidentales, tanto abiertamente como a través de campañas de manipulación de la información e injerencia por parte de agentes extranjeros (FIMI).
Los informes sobre la predilección del Kremlin por los movimientos separatistas occidentales se remontan a mucho tiempo atrás. En 2015, un año después de la anexión de Crimea por parte de Rusia, se avistó a separatistas tejanos en una conferencia de extrema derecha en San Petersburgo, lo que dio lugar a una investigación sobre sus vínculos con funcionarios rusos. Por aquel entonces, un periódico ruso entrevistó a uno de esos activistas, y los bots de FIMI difundieron la entrevista acompañada de llamamientos a un «Texas libre». La campaña nunca terminó del todo: a principios de 2024, el conflicto entre el estado de Texas y la administración Biden volvió a suscitar comentarios de funcionarios rusos: el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitri Medvédev, escribió que «tomaría partido por Texas» si decidía escindirse, mientras que el diputado Serguéi Mirónov respaldó los llamamientos al «Texit» tuiteando que Rusia estaba «dispuesta a ayudar a la celebración de un referéndum de independencia». Al mismo tiempo, un ejército de bots aprovechó la crisis para difundir llamadas a la guerra civil en EE. UU. mediante campañas coordinadas tanto en Telegram como en Twitter/X.
Otra campaña de desinformación fomentada por Rusia, esta vez en apoyo del movimiento secesionista de Alberta en Canadá, se remonta a 2019. En 2026, la campaña parece haber resurgido, dado que numerosos canales de Telegram favorables al Kremlin comparten informes sin fundamento sobre una supuesta reunión de secesionistas de Alberta con la administración Trump. En un canal anónimo pro-Kremlin de Telegram se afirmó recientemente que hasta la mitad de los ciudadanos de Alberta deseaban la secesión, y se acusó a las autoridades canadienses de hipocresía por negarles su libertad; además, la red Pravda, una fuente de desinformación reconocida, difundió un vídeo generado por IA en el que se promocionaba el programa de una manifestación secesionista de Alberta en Telegram. La unidad de investigación de ciberamenazas del Gobierno de Alberta, CyberAlberta, ha informado de que la red Pravda lleva atacando sistemáticamente a Canadá al menos desde finales de 2024.
Europa como campo de pruebas a largo plazo para los discursos separatistas
En Europa, los esfuerzos rusos han sido aún más persistentes. El Gobierno español confirmó que grupos con sede en Rusia habían intentado difundir «desinformación» relacionada con el referéndum de independencia en la comunidad autónoma de Cataluña con el fin de desestabilizar el país.
En 2017, expertos británicos denunciaron una campaña de desinformación según la cual los resultados del referéndum de independencia de Escocia de 2014 habrían sido amañados a favor del bando favorable al Reino Unido; y aunque no encontraron ninguna prueba directa de la implicación del Kremlin, cuentas pro-Kremlin difundieron acusaciones de fraude. Las campañas de FIMI rusas creadas para influir en el referéndum sobre el Brexit del Reino Unido han sido bien documentadas, y la evaluación posterior de estos esfuerzos dejó abierta la posibilidad de que esta campaña de FIMI liderada por Rusia pudiera haber tenido algún impacto sobre la votación.
La soberanía como arma, la represión como política
En el espacio postsoviético, la creación y el mantenimiento de regiones separatistas es una de las herramientas de desestabilización preferidas de Moscú. En Moldavia, el enclave de Transnistria, respaldado por Rusia, sirve de plataforma para las operaciones de influencia amplificando los discursos del Kremlin y ejerciendo presión política sobre Chisináu. Se ha utilizado una estrategia similar en Georgia, donde Osetia del Sur actúa como instrumento de presión sobre Tiflis. Estos territorios constituyen tanto conflictos estancados como medios activos de influencia rusa.
El Kremlin también está explotando el temor a que se produzcan escenarios similares en otros países. En Estonia, esto ha tomado la forma de una campaña de desinformación dirigida a la ciudad fronteriza de Narva, donde la mayoría de la población es de etnia rusa. La campaña comenzó el 18 de febrero de 2026, cuando grupos en redes sociales empezaron a pedir la creación de una «República Popular de Narva» a semejanza de los enclaves separatistas establecidos en el este de Ucrania tras la anexión de Crimea. Un periódico estonio investigó más a fondo estos grupos y concluyó que la operación no contaba con apoyo real, y que parecía ser una campaña de FIMI más que un movimiento genuino y organizado.
Mientras Moscú participa activamente en campañas de FIMI para alentar movimientos secesionistas en países que considera hostiles, el más mínimo indicio de separatismo o resurgimiento nacional en el seno de la Federación Rusa es objeto de una dura represión. La legislación rusa tipifica como delito, castigado con hasta cinco años de prisión, cualquier expresión pública de apoyo al separatismo. No es ninguna casualidad que la ley se aprobara en 2014, poco después de la anexión de Crimea, ya que permite a las autoridades perseguir a quienes se opongan públicamente a la ocupación rusa de la península, como el activista tártaro crimeo Ilmi Umérov, que fue condenado a dos años de prisión por actos que el tribunal describió como «llamamientos públicos a violar la integridad territorial de la Federación Rusa». En 2025, el Tribunal Supremo de Rusia calificó de «terroristas» al Foro de las Naciones Libres Posrusas y a sus 172 organizaciones regionales miembros alegando que «promueven ideas antirrusas que claman por la secesión ilegal de territorios de nuestro país».
El separatismo como herramienta de desestabilización
Estos casos ponen de manifiesto una estrategia obvia por parte del Kremlin. Los movimientos separatistas en el extranjero se fomentan y amplifican cuando contribuyen a debilitar a países que Rusia considera sus rivales. Dentro de Rusia, incluso las expresiones más moderadas de identidad regional o autonomía política se tratan como graves amenazas para el Estado. Es un contraste deliberado y sistemático.
El discurso de Rusia sobre la soberanía y la integridad territorial se erige más bien sobre el pragmatismo que sobre los principios y sirve para justificar la represión interna y desestabilizar a otros países. El doble rasero es evidente y demuestra que el Kremlin considera el separatismo como una herramienta útil en el extranjero y un riesgo inadmisible dentro de sus propias fronteras.