Del dicho al hecho: el gran trecho entre las palabras de Moscú en la AGNU y la realidad sobre el terreno

Човек на подијуму са заставама УН и мира, сенке тенка и дрона. (Опис који је генерисао вештачки интелигенција)
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El 9 de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) abrió su 80.ª sesión con tres temas consabidos: la paz, el desarrollo y los derechos humanos. Adentrémonos en la maquinaria propagandística del Kremlin, que proclama a bombo y platillo el apoyo a esos nobles ideales mientras trata de socavarlos sin cesar.

A medida que avanza la Asamblea General de las Naciones Unidas, hagamos un repaso de actualidad por las narrativas favoritas del Kremlin: proyección, negación y distracción; todas ellas desplegadas, una vez más, con el objetivo de llegar a la opinión pública internacional.

La paz y los alto el fuego que no son más que fachada

Hay pocas cosas más cínicas que los solemnes llamamientos de paz del Kremlin. A Putin le gusta engañar a algún que otro político occidental con vagas promesas de negociación. Pero su reunión del 15 de agosto en Alaska con el presidente estadounidense, Donald Trump, seguida de los ataques masivos con drones y misiles de Rusia contra Ucrania, muestra una vez más que a la «paz» a la que se refiere el Kremlin solo se podría llegar en realidad con la rendición total de Ucrania.

En el universo paralelo de la manipulación de información e injerencia por parte de agentes extranjeros del Kremlin resulta que es Zelenski quien desea la guerra, mientras Occidente saca provecho de la prolongación del conflicto. En esta fantasía, el Reino Unido y la UE son los principales obstáculos para alcanzar la paz. Moscú, como no podía ser de otra manera, solo quiere imponer la paz en sus propios términos, preferiblemente en cuestión de meses.

Los hechos demuestran lo contrario. Desde febrero de 2022, el Kremlin ha culpado a Kiev y a los países occidentales de sabotear la paz que Rusia destruyó y presenta la ayuda en defensa a Ucrania como una escalada del conflicto. En realidad, Rusia ha mostrado escaso interés en conversaciones honestas dado que Putin, convencido de la ventaja de Rusia en el campo de batalla, continúa emitiendo ultimátums cada vez más absurdos. Esa ventaja es en gran parte una exageración. A pesar de todo el caos bélico, las fuerzas rusas han fracasado: han conseguido menos de un 1 % de territorio ucraniano desde noviembre de 2022. Un informe asegura que durante su reciente campaña en Kúpiansk, las fuerzas rusas avanzaron a un ritmo menor que el de los ejércitos aliados en la batalla del Somme durante la Primera Guerra Mundial, y con un gran coste en efectivos y recursos.

Se acabó la fiesta

Otra narrativa perenne del Kremlin es afirmar que las sanciones de la UE contra Rusia perjudican más a Europa que a Rusia y que de alguna manera han resultado fortalecer la economía rusa. Durante un tiempo, Moscú mantuvo la fachada. El PIB creció un 4,3 % en 2024, casi exclusivamente gracias a la producción bélica, pero las industrias civiles se están estancando a medida que se amplía la maquinaria militar.

Las sanciones han afectado a los sectores de la energía, las finanzas y la tecnología, provocando inflación, cuellos de botella y presión presupuestaria. El crecimiento se está ralentizando con previsiones que apuntan a un 1,7 % en 2025 y a un 1,2 % en 2026. Los tipos de interés continúan extremadamente altos, al 18 %; la demanda interna está en descenso; y la defensa y seguridad ya consumen más del 40 % del presupuesto.

Dada la caída de los precios del petróleo y la bajada de las recaudaciones tributarias, el déficit es cada vez mayor. El gasto en defensa no se tocará, pero las autoridades ya están preparando a los rusos para que se aprieten el cinturón. Por ahora puede que Putin sea capaz de financiar la guerra, pero las facturas de gastos empiezan a acumularse.

Rusia, paladín de los países que (aún) no ha invadido

Moscú continúa presentándose como protector de los países del «Sur Global» frente a la «amenaza» occidental. Los medios pro-Kremlin presentan a los BRICS como un grupo con un éxito mayor que cualquier alianza occidental comparable y aseguran que Occidente los percibe como una amenaza. Recuperan las típicas acusaciones sobre el supuesto doble rasero del Tribunal Penal Internacional e incluso incriminan al Reino Unido y a otros países de saquear artefactos culturales en el Sur Global y en Ucrania, mientras que es la propia Rusia la que se desvive por erradicar la identidad ucraniana en los territorios ocupados.

Los registros cuentan otra historia. Rusia ha intervenido militarmente en Siria, ha avivado la inestabilidad en Latinoamérica, ha apoyado golpes de Estado en la región del Sahel, ha ejercido injerencias en distintas elecciones africanas y ha ido más allá en la República Centroafricana y otros países de ese continente, donde ha aplicado una estrategia de «captura del Estado». Si esto es protección, la opresión debe de ser realmente dura. Y a todo esto, los BRICS son una asociación informal sin tratado fundacional, sin secretariado ni sede. Sus miembros tienen agendas divergentes por lo que Moscú está engañándose a sí mismo si cree que puede usar al grupo como herramienta para sus propios fines. En lo que respecta al Tribunal Penal Internacional, quizás el Kremlin solo está enfadado por su orden de arresto contra Putin.

Armas de desinformación masiva

Las autoridades rusas también han divulgado bulos que afirman que Ucrania está produciendo en masa armamento químico y está empleándolo en el campo de batalla. Un medio ruso controlado por el Estado informó sobre el llamamiento solemne de Moscú a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) de investigar el presunto uso por parte de Ucrania de cloropicrina, un agente asfixiante, suministrado mediante drones.

El momento elegido para la publicación fue revelador: estas declaraciones salieron a la luz justo cuando informes fidedignos confirmaron que las propias tropas rusas estaban utilizando agentes químicos en el frente. La OPAQ y los servicios de inteligencia europeos posteriormente confirmaron los hallazgos. Además, EE. UU. ya había acusado a Rusia de usar cloropicrina en 2024. En julio de 2025, los servicios de inteligencia europeos informaron de que Rusia estaba intensificando su uso.

Niños como botín de guerra

Tristemente, un mensaje constante de desinformación pro-Kremlin afecta a los menores ucranianos. Según la Oficina de Información Nacional de Ucrania, y tal y como fue verificado por organizaciones internacionales, más de 20 000 niños ucranianos habían sido identificados como deportados, muchos de ellos puestos en adopción ilegal en lugar de reunirlos con sus familias. Actos que difícilmente pueden asociarse con la paz, el desarrollo y los derechos humanos.

Los medios rusos controlados por el Estado niegan y desvían la atención al respecto, tachando los informes de desinformación por parte de Ucrania y alegando que los secuestros son meras evacuaciones de menores de las zonas de combate. Sin embargo, Naciones Unidas y otras organizaciones han confirmado la verdad: las deportaciones forzosas de niños por una fuerza de ocupación son un crimen de guerra. Muchos han sido raptados, trasladados ilegalmente y forzados a la adopción. A otros les han borrado su identidad, y se les ha adoctrinado, perseguido y reeducado. Algunos han sido militarizados, se les han cambiado sus datos personales, han sido arrestados o, peor aún, los han asesinado mientras estaban bajo custodia. El Tribunal Penal Internacional ha emitido órdenes de arresto contra Putin y su denominada Comisaria para los Derechos del Niño, María Lvova-Belova, por su responsabilidad ante tales hechos.

No es difícil entrever el motivo principal de las deportaciones: Rusia se enfrenta a una crisis demográfica que no ha hecho más que empeorar por el elevado número de bajas sufridas durante la guerra. La idea parece ser la siguiente: como necesitamos gente, vamos a arrebatársela a Ucrania. Es una lógica bárbara, seguida por aquellos sin brújula moral. Una estrategia que constituye una burla a los ideales que Rusia proclama para mantenerse en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

No se deje engañar.

También bajo nuestro radar esta semana:

  • Medios pro-Kremlin divulgan una teoría conspirativa que asevera que Kiev orquestó el asesinato del líder del Euromaidán, Andriy Parubiy, como un «trabajo interno». En realidad, las autoridades ucranianas arrestaron a un sospechoso de Leópolis que había sido coaccionado por el servicio de inteligencia ruso. Culpar a Ucrania es una conocida táctica del Kremlin para sembrar dudas y eludir la responsabilidad.
  • Después de que un ataque ruso a Kiev produjera daños en el edificio de la Delegación de la UE y la oficina del British Council, los medios pro-Kremlin se apresuraron a afirmar que la explosión no había sido causada por Rusia, sino por un misil ucraniano de su defensa aérea. Esta tergiversación por parte de Moscú nos es familiar: echar a otros la culpa y sembrar dudas sobre la defensa de Ucrania. De hecho, los testimonios de testigos e informes de medios independientes confirman que los daños fueron provocados por el bombardeo ruso sobre Kiev. La narrativa de «antimisiles ucranianos» no es más que otro intento del Kremlin de difuminar la responsabilidad de sus propios ataques.
  • Los medios pro-Kremlin aseguran que la Coalición de Voluntarios está planeando «ocupar» Ucrania al estilo de la OTAN, invocando una zona desmilitarizada como la de Kosovo detrás de múltiples «líneas de defensa» y «personal de mantenimiento de la paz» de la UE. En realidad, la coalición representa hasta a 35 países que respaldan la soberanía de Ucrania y están preparados para proporcionar garantías de seguridad, incluidas fuerzas de seguridad potenciales, pero que resultan estar respaldadas por iniciativas diplomáticas, no por intenciones de ocupación. Este discurso pretende desacreditar el apoyo de Occidente y convertir a Ucrania en un agente de un complot antirruso.

 

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