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Voluntarios internacionales en el frente combatiendo la desinformación
A finales de junio, un voluntario germanoestadounidense de 30 años cruzaba la frontera entre Polonia y Ucrania para comenzar la capacitación de combate en las fuerzas armadas de Ucrania. Como otros cientos de civiles que han dejado atrás su vida en Europa, Norteamérica y otras regiones, siente que esta es una de las formas más tangibles de contribuir a la victoria de Ucrania. «Hay causas por las que merece la pena ir a la guerra», afirma, dejando ver que no es cierto que el apoyo a Ucrania esté decayendo debido a la lejanía de lo que ocurre en el frente.
El llamamiento de Ucrania a que voluntarios extranjeros se unan a la lucha ha atraído a personas de todo el mundo desde el inicio de la agresión rusa en 2014, seguido de un nuevo repunte notable a comienzos de 2022. Según la legislación ucraniana, estos voluntarios no pueden considerarse mercenarios porque tienen que servir en unidades militares oficiales y están sujetos a un contrato. A pesar de ello, este colectivo ha sido un objetivo clave de las campañas de desinformación rusas, que buscan desacreditar sus motivaciones y presentarlos como enviados de la OTAN o extremistas. Este artículo cuenta la historia de Steffen Berr, uno de estos voluntarios.
De apoyar a Ucrania a alistarse en su ejército
Steffen nació y creció en California, ciudad en la que estudió ingeniería civil antes de mudarse a Países Bajos. Sin relación previa con Ucrania, admite que oyó hablar de la anexión de Crimea en la universidad, pero no siguió mucho los acontecimientos. Eso cambió en febrero de 2022 cuando Steffen empezó a prestar atención a las noticias, sobrecogido ante la posibilidad de que Rusia emprendiera una invasión a gran escala. Desde entonces, él y su hermano han organizado distintas actividades de recogida de fondos para el ejército ucraniano, con las que han logrado reunir más de 50 000 euros. Steffen también suele dar visibilidad a su activismo y al desarrollo de la guerra en sus redes sociales, incluido su propio canal de YouTube.
Tras años de apoyo remoto, Steffen visitó Ucrania por primera vez en febrero de 2024, como parte de un convoy organizado por HELP99, un fondo benéfico de Estonia, que llevó camionetas y drones al frente. Aquella fue también la primera vez que conoció soldados ucranianos y que veía con sus propios ojos las consecuencias de la ocupación y de la violencia rusas en Bucha e Irpin. «Volver a casa fue raro. En Ámsterdam es como si la gente viviera en un mundo de fantasía», manifiesta. Así pues, nada más llegar, empezó a pensar en las próximas oportunidades que tendría de visitar Ucrania de nuevo: «nada de lo que hago aquí [en Países Bajos] es importante; todo lo que hago es irrelevante». Desde entonces, Steffen ha viajado a Ucrania cuatro veces más, conduciendo más de 34 horas, de Tallin a Kiev, en cada viaje.
Steffen también siente el deber de compartir sus impresiones sobre Ucrania con sus amistades y familiares en EE. UU. y Europa, a fin de combatir la propaganda rusa. Su experiencia directa le otorga una credibilidad que, en la guerra de la información, a menudo se les niega a las fuentes estatales, ya que resulta mucho más difícil tachar de escenificación los ataques cometidos contra civiles cuando la información procede de alguien que habla por experiencia propia. «Es sumamente importante documentar los crímenes de Rusia y el daño que han causado estos ataques», comentaba Steffen en su cuenta de LinkedIn en referencia a una oleada de ataques con drones y misiles que tuvo lugar mientras se encontraba en Kiev.
El caso de Steffen no es excepcional entre los militares voluntarios extranjeros. En una guerra en la que la información es un arma tan potente como la artillería, estas personas están ofreciendo un relato cercano de la realidad ucraniana a una opinión pública occidental cada vez más fragmentada y más insegura de a qué o a quién creer.
La primera vez que se le pasó por la cabeza la idea de alistarse en el ejército fue al comienzo de la invasión a gran escala, aunque, al carecer de formación, Steffen decidió seguir recaudando fondos y empezar a prepararse, física y mentalmente, para el servicio militar. Sin embargo, todo cambió en su tercer viaje a Ucrania, en septiembre de 2024. «Cada vez que venía, sentía que no quería irme», cuenta de sus anteriores visitas, ahora que está a punto de convertirse en operador de drones. Aunque Steffen aún no ha comenzado su capacitación de combate, ya ha empezado a prepararse: ha hablado con militares voluntarios ucranianos y extranjeros en activo, ha entrenado con un simulador de drones, ha aprendido a disparar y ha realizado varios cursos de primeros auxilios. Y también ha empezado a aprender ucraniano, ya que prevé que la mayoría de sus compañeros de lucha hablarán dicha lengua.
Contrarrestar la narrativa
En el tercer año de la lucha ucraniana frente a la invasión a gran escala, los voluntarios internacionales (a veces cifrados supuestamente en 2 000 y, en otras ocasiones, en hasta 20 000) ocupan un espacio complejo y poco explorado. Hay quienes romantizan su presencia en el campo de batalla, al entenderla como una expresión de heroísmo moral, y quienes los vilipendian por su actitud supuestamente imprudente y temeraria, situación que los convierte en un blanco fácil de la propaganda rusa.
En las campañas de desinformación del Kremlin, se suele tildar a los voluntarios proucranianos de «nazis» o «mercenarios nazis» en las redes sociales, en consonancia con la narrativa general de Rusia sobre la «desnazificación» de Ucrania. Según el Observatorio Europeo de los Medios de Comunicación Digitales, entre las tácticas empleadas también se incluyen hacer acusaciones infundadas contra las Fuerzas Armadas de Ucrania (como decir que utilizan los órganos de los soldados extranjeros para hacer trasplantes), tergiversar la realidad o difundir imágenes reales, pero de hechos pasados, para presentar la actualidad de Ucrania. Hace poco, el llamado «Comité de Investigación» de Moscú dictó sentencias en rebeldía contra miembros de la Legión Internacional de Ucrania. La Legión rechazó estas sentencias con firmeza y las consideró parte de las dañinas campañas de «desinformación y manipulación psicológica» rusas, concebidas para crear ambigüedad y disuadir a la ciudadanía de otros países de apoyar a Ucrania.
No obstante, pese a estos intentos por restar credibilidad a sus motivaciones y generar confusión, personas como Steffen siguen comprometidas con su decisión, tomada tras meses de reflexión y con el deseo de contribuir a una causa en consonancia con unos valores personales puestos en práctica por la experiencia propia. Personas con este perfil puede que conecten mejor con quienes conocen poco la situación real en Ucrania.
La presencia importa
El creciente número de militares extranjeros voluntarios que llegan a Ucrania desafía la suposición de que el interés en la guerra solo atiende a criterios de proximidad geográfica u origen. Aunque los titulares de los medios los ocupen los paquetes oficiales de ayuda de los Gobiernos, la opinión pública de las sociedades democráticas aún ejerce una poderosa influencia sobre las decisiones de política exterior. Y esa opinión pública probablemente dependa más de lo individual que de lo estadístico; es decir, de que la gente sienta o no que una guerra que ocurre a miles de kilómetros tiene algo que ver con ellos.
Para gran parte de la ciudadanía de Ucrania, la esperanza de que la guerra termine pronto choca cada vez más con la realidad en el terreno. Pese a los constantes llamamientos a las negociaciones por la paz, parece poco probable que Rusia esté lista para abandonar los territorios ocupados o para pactar un alto al fuego justo. En este contexto, el hecho de que los voluntarios internacionales sigan dispuestos a defender a Ucrania demuestra que son conscientes de que la amenaza parece no tener fin.
Asimismo, su compromiso también evidencia que las respuestas de gran impacto no siempre proceden de las instituciones o los Estados. Cuando los Gobiernos vacilan, las personas toman la iniciativa. A pesar de que las motivaciones personales son diversas, muchas de estas personas tienen la sensación compartida de que una respuesta internacional coherente ya no es sostenible. La ayuda se necesita hoy y quedarse de brazos cruzados implica una carga moral.
La respuesta de los Estados a la invasión de Ucrania ha fluctuado en función de los ciclos políticos y las cambiantes prioridades de los Gobiernos a nivel global, lo que, si bien es comprensible, deja lagunas en la constancia del compromiso. Mientras los responsables políticos no siempre logran ponerse de acuerdo sobre la orientación de las políticas, los militares voluntarios responden a lo que ven, oyen y creen. Ellos, por sí solos, no pueden cambiar el curso de la guerra, pero su presencia sigue siendo decisiva tanto para la población ucraniana, que encuentra en ella la prueba de que el resto del mundo no los ha abandonado, como para el entorno social de esos voluntarios en sus países de origen, que recibe información de primera mano sobre el conflicto.
Steffen comprende los riesgos del servicio militar y desearía poder prescindir de la violencia que conlleva, pero comparte que no querría arrepentirse de su inacción dentro de diez años: «Quiero mirar atrás y pensar que hice todo lo que pude y lo que creí que era correcto». Cuando la guerra rusoucraniana se convierta en una página más de los libros de historia, no habrá ninguna duda acerca de quién hizo qué. Voluntarios como Steffen tienen su respuesta particular, pero la pregunta sigue estando ahí para quienes cuentan con más poder y menos obstáculos: ¿qué hicieron cuando el tiempo se agotaba?