Entrevista con Keir Giles

Microphone with text about Russian information manipulation safeguards. (AI generated description)
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Keir Giles es un escritor británico especializado en las fuerzas armadas y la desinformación rusas. Ha escrito y comentado sobre el conflicto geopolítico entre Occidente y Rusia en publicaciones como el NATO’s Handbook of Russian Information Warfare (Manual de la OTAN sobre la guerra de la información rusa), publicado por el Defense College de la OTAN. En su último libro, Who Will Defend Europe? An Awakened Russia and a Sleeping Continent (¿Quién defenderá Europa? Una Rusia despierta y un continente dormido), Giles expone las difíciles decisiones a las que se enfrentan los líderes y las sociedades ante el regreso de la guerra a Europa.

¿Cree que en los últimos años, desde que se publicó su Handbook of Russian Information Warfare, ha cambiado mucho nuestra imagen de las operaciones de manipulación de información e injerencia rusas (FIMI)?

Es tentador pensar que estamos viviendo un momento fundamentalmente diferente, pero en realidad nos enfrentamos a otra ola de nuevas tecnologías que permiten a Rusia aplicar las mismas técnicas que siempre ha utilizado. Ya lo hemos visto antes: primero con la llegada de Internet, luego con el auge de las redes sociales y ahora con la inteligencia artificial. Lo que cambia es la velocidad y la escala a la que Rusia puede hacer lo que haría de todos modos. Al mismo tiempo, emplea técnicas consolidadas contra las que las sociedades occidentales aún no parecen ser capaces de protegerse adecuadamente. Rusia sabe muy bien cómo explotar el comportamiento de los medios occidentales, y sigue haciéndolo porque estos se comportan en gran medida como siempre lo han hecho. Lo hemos visto de nuevo en las últimas semanas con el llamado “plan de paz de Trump”, que fue presentado como tal por los medios occidentales, a pesar de no ser obra de Trump, no tener la paz como objetivo y no ser ningún plan.

El hecho de que Rusia siga siendo capaz de mover los resortes adecuados para lograr el resultado deseado en una amplia franja de los medios de comunicación occidentales y, al hacerlo, como vimos con las 28 condiciones de rendición, crear una nueva realidad percibida de la que el público después tendrá que recuperarse, es una clara indicación de que seguimos careciendo de algunas de las salvaguardas más básicas contra las maniobras de desinformación rusas a pesar del importante esfuerzo realizado durante la última década.

¿Cómo podemos reducir nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, seguir disfrutando de unas sociedades abiertas y proteger nuestras democracias?

Hoy estoy en Bruselas para debatir esta cuestión con organizaciones internacionales. En esencia, consiste, en gran medida, en aplicar las normas existentes. Esto supone abordar los espacios mediáticos locales en sintonía con los marcos normativos, los entornos legislativos y las normas sociales que definen lo que es aceptable, reconocer que el intercambio libre y abierto de información está amenazado, y responder en consecuencia.

Los éxitos que hemos presenciado en estos últimos tiempos en cuanto a la identificación, divulgación pública y desacreditación de elementos difusores de desinformación son consecuencia, ante todo, de decisiones políticas: de la decisión de asignar recursos a este fin, de tratarlo como un problema real, de destinar capacidades de contrainteligencia, de analizar por qué algunas personas han decidido actuar como agentes de influencia de una potencia hostil y, en última instancia, de enjuiciar legalmente a dichas personas.

El problema es que seguimos careciendo de un entendimiento común y uniforme de la naturaleza de la amenaza, por no hablar de una posición coherente para poner en práctica las respuestas necesarias.

Del mismo modo, en lo que respecta a la educación mediática, posiblemente haga al menos una década que todo el mundo señala a países como Finlandia (y siempre se menciona a Finlandia) como prueba de que es posible hacerlo y de se puede lograr. Existen formas concretas de ayudar a inocular a las sociedades contra la desinformación.

La objeción habitual es que educar a toda una generación lleva muchísimo tiempo. Pero llevamos diez años hablando de esto, lo que significa que los niños que estaban siendo educados de esta manera cuando comenzó esta conversación son ahora consumidores de información plenamente desarrollados. Por el tanto, el mejor momento para hacerlo fue hace una década. El segundo mejor momento es ahora mismo.

Si tuviera que definir en qué consiste la amenaza, ¿cómo lo haría?

Es difícil resumirlo en una sola frase, sobre todo después de haber escrito varios libros bastante extensos sobre el tema. Pero la amenaza puede describirse, a grandes rasgos, como la creación de una realidad alternativa que beneficia a nuestros adversarios y nos perjudica a nosotros. Esto implica tergiversar no solo cada hecho que una persona tiene en cuenta a la hora de tomar decisiones cotidianas, sino todo el marco de toma de decisiones en sí.

La desinformación más dañina no suele aludir a datos concretos, sino a la construcción del marco lógico en el que esos datos adquieren significado e influencia. Hay quien describe esto como el concepto ruso de control reflexivo; otras personas lo denominan “transferencia de imagen”. En la práctica, significa establecer en la mente del objetivo, ya sea un ciudadano o la persona responsable de la toma de decisiones en una sociedad occidental, un conjunto de supuestos y puntos de referencia que les llevan a tomar decisiones que benefician a Rusia, u otro actor hostil, y les perjudican a ellos mismos.

¿Puede dar un ejemplo de las técnicas que emplean los rusos?

Tuvimos un ejemplo muy reciente en la forma en que Rusia logró convencer a gran parte de los medios de comunicación occidentales de que el supuesto plan de 28 condiciones para la rendición de Ucrania era una iniciativa propuesta por Estados Unidos y de que, de alguna manera, su fin era alcanzar la paz. Es un ejemplo digno de estudio que aún se está desarrollando.

También hay ejemplos históricos claros en los que Rusia ha logrado un éxito significativo mediante prolongadas campañas multifacéticas en múltiples ámbitos. El ejemplo más clásico es el uso de la intimidación nuclear por parte de Rusia, que no se limita a las burdas amenazas nucleares que lanzó a partir de febrero de 2022 e incluye el extenso trabajo preliminar que se llevó a cabo para asegurarse que esas amenazas surtieran efecto.

Con el tiempo, Rusia logró convencer a demasiadas personas en Europa y Estados Unidos, personas que deberían ser conscientes de lo contrario, de que es imposible participar en cualquier forma de escalada con Rusia sin que esto conduzca inexorablemente al uso de armas nucleares. Esta convicción tuvo una influencia política directa, ya que fue una de las principales razones por las que Estados Unidos limitó inicialmente su apoyo a Ucrania tras la invasión a gran escala, lo cual justificó argumentando que la derrota de Rusia daría lugar, sin poder evitarlo, a una escalada nuclear.

Ese resultado supuso un gran éxito para una serie de campañas rusas interconectadas llevadas a cabo durante la década anterior, con mensajes propagandísticos recurrentes en los que se afirmaba que cualquier error de cálculo o confrontación iniciaría una espiral incontrolable que terminaría en una guerra nuclear. A fuerza de repetirlo, este discurso se convirtió en parte de los supuestos de fondo que eran la base de buena parte de los comentarios de los medios de comunicación occidentales.

Al mismo tiempo, Rusia reforzó este discurso mediante acciones en el ámbito material, como una política sostenida de riesgo calculado aplicada por los buques de guerra y aviones rusos y concebida para convencer a los líderes occidentales de que un enfrentamiento involuntario no solo era posible, sino inminente, y que dicho enfrentamiento conduciría inevitablemente al uso de armas nucleares. La afirmación, repetida con frecuencia, de que “Putin nunca da un paso atrás”, difundida en gran parte de los medios de comunicación occidentales como un hecho demostrado a pesar de no tener ninguna base real, era en sí misma el producto de una campaña informativa rusa persistente y coordinada que reforzaba estas ideas.

El resultado es una serie de actividades interconectadas que se refuerzan mutuamente y compuesta por múltiples elementos que pueden parecer inocuos o inconexos si el público no está alerta. Constituye un ejemplo clásico de cómo Rusia combina la información, la percepción y las acciones materiales para lograr el éxito estratégico.

Las operaciones FIMI rusas suele tener como objetivo sembrar la desconfianza y socavar las instituciones democráticas, pero también pretenden ofrecer una imagen favorable de Rusia. Anteriormente solían tener éxito, pero vivimos en una realidad diferente tras la invasión de Ucrania. Un ejemplo reciente es el de los “visados por valores compartidos”. ¿Cuál es el verdadero propósito de esta iniciativa? ¿Creen sus artífices que realmente podría resultar atractiva para los europeos? ¿O se trata principalmente de una táctica a corto plazo, tal vez incluso una herramienta de reclutamiento, disfrazada como una labor de divulgación de esos valores?

Aquí encontramos varios elementos diferentes. Es cierto que ahora hay menos personas en todo el mundo, y no solo en Europa, dispuestas a justificar las acciones de Rusia. De hecho, el propio Vladimir Putin y el comportamiento del Estado ruso son una de las mayores ayudas de las que dispongo en mi trabajo porque ya no tengo que esforzarme tanto para convencer a la gente de que Rusia es problemática. Ya no necesito convencer al público de que Rusia quiere redefinir las fronteras de Europa Oriental: si se observan los mapas rusos, se puede ver que esto ya se ha hecho en Ucrania y Georgia.

En ese sentido, los rusos cada vez me proporcionan más argumentos a mi favor. Esto es especialmente evidente ahora que Rusia ya ni siquiera finge que la aceptación por parte de la OTAN de nuevos Estados miembros en Europa Oriental provocó que atacara a sus países vecinos, un discurso del que la propia Rusia se ha alejado en gran medida.

Sin embargo, seguimos teniendo que luchar con las secuelas de décadas de campañas rusas de desinformación y construcción de discursos. Muchas personas estuvieron tan inmersas en la propaganda rusa durante las últimas décadas y generaciones que ahora les resulta muy difícil distanciarse de ella, incluso cuando la propia Rusia abandona esos argumentos. Por este motivo, siguen afirmando que la ampliación de la OTAN obligó a Rusia a atacar a sus vecinos, a pesar de que la misma Rusia ya no defiende esta tesis.

Estas actitudes profundamente arraigadas, asumidas de una forma tan profunda y natural durante un largo periodo de tiempo, tardarán mucho más en cuestionarse. Forman parte del marco mental que Rusia ha construido deliberadamente, un marco por medio del cual las personas interpretan y encuentran sentido al mundo.

Por lo demás, la pregunta sigue siendo: ¿por qué Rusia organiza este tipo de campañas? La respuesta es sencilla: porque funcionan. Consiguen persuadir a ciertos segmentos de la población de que Rusia defiende los “valores tradicionales”, especialmente en un entorno informativo en el que muchas personas de Europa y Norteamérica creen que esos valores están amenazados. Rusia ha visto esta oportunidad y la aprovecha para posicionarse como un baluarte contra lo que estas audiencias perciben como amenazas para sus creencias o medios de vida.

Entonces, ¿su valoración es que esas campañas destinadas a ofrecer una imagen positiva de Rusia siguen surtiendo efecto en Europa?

Por supuesto, y entre diferentes públicos y por diversas razones. Rusia goza ahora de la importante ventaja de no verse obligada a mostrar una ideología coherente. Puede apelar a tantas motivaciones diferentes para favorecer los intereses rusos como desee, y no está sujeta a la necesidad de promover un discurso singular y que deba ser coherente internamente para ser plausible. El resultado es que las contradicciones internas de la desinformación rusa ya no representan una debilidad, sino una ventaja.

Cuando se debate sobre las amenazas nucleares de Rusia, ¿cómo respondemos a quienes consideran que el enfrentamiento es demasiado peligroso o argumentan que incluso una pequeña posibilidad de escalada nuclear es suficiente para disuadirnos de actuar? ¿Cómo podemos adoptar una postura equilibrada y sensata que reconozca los riesgos, sin permitir que estos paralicen nuestra respuesta?

No creo que nadie sostenga seriamente que no hay ninguna posibilidad de que Rusia utilice algún día las armas nucleares en cuyo desarrollo ha invertido tanto, excepto, claro está, en el sentido de que ya se han utilizado como armas informativas. Sin embargo, uno de los planteamientos más útiles que he encontrado al participar en estos debates es analizar desde el punto de vista geográfico quiénes descartan las amenazas nucleares rusas.

Las personas que consideran menos creíbles esas amenazas son las más cercanas a Rusia: los Estados y las sociedades que dedican más recursos a entender a Rusia y que han experimentado en carne propia la ocupación rusa. Se da la paradoja de que estos son precisamente quienes correrían un mayor riesgo, pero también son los que menos credibilidad otorgan a la probabilidad de que Rusia utilice armas nucleares.

Puede parecer una apuesta muy arriesgada, pero en realidad refleja una mayor confianza en su conocimiento de cómo actúa Rusia y el juego al que está jugando. Si existe alguna posibilidad de que Rusia utilice armas nucleares, esta no debería ser el factor predominante que determine nuestra evaluación del modo en que Rusia pretende manipular y coaccionar a otros Estados.

EUvsDisinfo: Para terminar, ¿qué hay de Rusia y China, y la sinergia existente entre ellas en relación con las operaciones FIMI, además de las posibles debilidades que es importante que tengamos en cuenta?

“Sinergia” es una forma válida de describirlo. Vemos que muchos comentaristas apuntan a una posible colaboración entre ambas partes, y existe el riesgo de sobreestimar esa relación, porque correlación no implica causalidad. El simple hecho de que China haya observado que Rusia es especialmente eficaz a la hora de lograr un impacto informativo mediante determinadas técnicas y haya decidido experimentar con técnicas similares no significa necesariamente que ambos países estén estrechamente coordinados ni vigilándose mutuamente. A pesar de compartir a grandes rasgos el mismo objetivo y un interés común en debilitar a Occidente, sus metas estratégicas divergen en gran medida.

Yo situaría esto en la misma categoría que la forma en que otros actores políticos de todo el mundo, incluidos los de las democracias occidentales, han identificado la desinformación, la influencia dañina y las técnicas de manipulación rusas y las han considerado útiles para sus propios fines políticos, a veces incluso en el marco de sus propios sistemas democráticos.

Sin embargo, y una vez dicho esto, no hay que descartar la posibilidad de que Rusia y China estén intercambiando buenas prácticas en alguna medida. Sabemos que existe una cierta coincidencia en cuanto a la naturaleza de la información y la guerra informativa. Sin embargo, dadas las pruebas disponibles actualmente en fuentes abiertas, no debemos dar por sentado que se trate de nada sistemático ni generalizado.

Esta entrevista es una transcripción de una conversación mantenida de viva voz en Bruselas el 27 de noviembre de 2025.

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