¿Es Rusia un paraíso para las mujeres?
¿Alguna vez le ha llamado la atención un vídeo en el que se asegura que hay un lugar donde las familias prosperan sin esfuerzo, las mujeres rebosan confianza y, lisa y llanamente, no existen problemas de género que valga la pena mencionar?
Un ejército creciente de youtubers y «especialistas» en estilo de vida, con frecuencia a sueldo del Kremlin, hablan precisamente así de Rusia. Según ellos, es un paraíso que ha hallado un «equilibrio perfecto» entre conservadurismo y feminismo. Las mujeres rusas, afirman, combinan la devoción por la familia con la ambición: cuidan su aspecto, pero también son trabajadoras esforzadas en las que se puede confiar.
Es un argumento ya conocido: las mujeres rusas son más felices, están más realizadas y son más libres que sus análogas occidentales. Los roles de género tradicionales no representan límites, sino alternativas empoderadoras. De este modo, el género se convierte en una herramienta de poder blando formulada para un público desilusionado con la polarización del debate en sus países.
Tomemos el ejemplo de María Bútina, ahora miembro de la Duma Estatal rusa, que fue deportada por Estados Unidos tras ser condenada por actuar como agente extranjera no registrada. En una entrevista con influencers simpatizantes, describe a Rusia como un país «más favorable para las mujeres» que Estados Unidos o la Unión Europea, e incluso como «una tierra de alternativas y libertad para las mujeres».
El simbolismo se extiende al Día Internacional de la Mujer. Mientras que en muchos países el 8 de marzo se pone de relieve la lucha aún inconclusa en aras de la igualdad de derechos, en Rusia esa perspectiva se desalienta, por decirlo de algún modo, y este día se plantea en gran medida como una celebración de la feminidad tradicional, adornada con flores, cumplidos y gestos de cortesía. Las operaciones de manipulación de información e injerencia por parte de agentes extranjeros (FIMI) favorables al Kremlin refuerzan el contraste combinando imágenes serenas del ámbito doméstico con vídeos sensacionalistas sobre el agresivo feminismo occidental. El mensaje es sencillo: inestabilidad en el extranjero, armonía en casa.
Su atractivo es comprensible, pero lo que parece una tendencia de estilo de vida orgánica sirve a un propósito estratégico: distorsionar las percepciones más allá de las fronteras rusas.
«Valores conservadores» frente a cálculos demográficos inflexibles
Últimamente, el Gobierno ruso ha permitido que familias enteras que rechazan la «ideología neoliberal destructiva» de sus países de origen emigren al país mediante lo que se ha dado en denominar visados de «valores compartidos». El discurso que presenta a Rusia como custodia de los valores familiares y los roles de género tradicionales, amplificado por los canales vinculados al Estado, contrasta con la realidad de un Estado autoritario que libra una guerra contra su vecino y donde el Gobierno promueve cada vez más los roles tradicionales y trata de dictar cómo deben vivir las mujeres.
Una de las principales preocupaciones del Gobierno es el declive de la tasa de natalidad: la población de Rusia lleva años disminuyendo, y las graves pérdidas sufridas durante la guerra, combinadas con una oleada de personas que huyen del servicio militar obligatorio o de la represión política, han empeorado la crisis. En respuesta, el Gobierno ha introducido una serie de medidas intrusivas destinadas a empujar a las mujeres a tener más hijos.

Limitar la libertad de elección de las mujeres…
Las mujeres que desean abortar reciben presiones durante las sesiones de asesoramiento obligatorias con un psicólogo a las que tienen que acudir y deben respetar un periodo de espera de hasta una semana antes de tomar una decisión definitiva. A los médicos se les ofrecen incentivos económicos de hasta 20 000 rublos (aproximadamente 220 euros) por cada paciente a la que convenzan para que no aborte. En varias regiones, el Gobierno también recompensa los embarazos adolescentes con pagos puntuales de hasta 150 000 rublos (aproximadamente 1650 euros). Los partidarios de esta política argumentan que su objetivo es ayudar a las jóvenes en situaciones difíciles. Sin embargo, sus detractores advierten de que las alumnas de entornos socialmente desfavorecidos pueden verse influidas por lo que perciben como una suma considerable de dinero, o incluso presionadas por sus familias para que tengan hijos a una edad temprana, lo que reduce sus posibilidades de completar su educación y limita sus oportunidades en el futuro. Pero a juzgar por la reciente intervención de Vladimir Putin en Direct Line, en la que se mostró a favor de los matrimonios adolescentes, una verdadera patriota antepondría el tener hijos a esas inquietudes.
… pero no la propaganda
La observación de Putin es solo la punta del iceberg de la burda y poco sutil propaganda pronatalista que impregna actualmente la esfera pública rusa. Legisladores y funcionarios en diversos escalafones han planteado una serie de propuestas extravagantes con el fin de animar a las jóvenes a tener más hijos y que van desde instarlas a priorizar la maternidad sobre la educación universitaria o una carrera profesional de éxito hasta proponerles que lleven minifalda los días soleados para aumentar la tasa de natalidad. En 2024, la Duma Estatal aprobó una ley que prohíbe «hacer propaganda de la ideología que fomenta no tener hijos», definida como «información que anima a las personas a negarse a tener hijos o que presenta el no tener hijos como equivalente, desde el punto de vista social, a tenerlos».
Los argumentos que aseguran que Rusia defiende los «valores familiares tradicionales» pasan por alto un hecho incómodo: Rusia tiene una de las tasas de divorcio más altas del mundo. Según datos de 2023, el 74 % de todos los matrimonios terminan en ruptura. En lugar de programas de ayuda o servicios de asesoramiento, las autoridades responden, una vez más, con propuestas punitivas, como la imposición de multas de hasta 100 000 rublos (unos 1100 euros) o incluso el servicio obligatorio en primera línea para quienes solicitan el divorcio, como sugirió el miembro de la Duma Vitaly Milonov. Algunos miembros de la Duma también se han pronunciado a favor de calificar el feminismo como «ideología extremista» afirmando que representa una influencia extranjera perjudicial importada de Occidente y que conduce a un aumento de las tasas de divorcio.
«Si me pega, será que me quiere» (Бьет — значит любит, refrán ruso)
Varios años antes, la Duma tampoco aprobó un proyecto de ley largamente debatido destinado a combatir la violencia doméstica y, por el contrario, votó a favor de despenalizar algunas formas de maltrato doméstico, como las palizas que no provocasen fracturas óseas. Desde entonces, la situación se ha deteriorado aún más, ya que los hombres rusos expuestos a la violencia extrema en el frente ucraniano regresan a casa y traen consigo esa violencia. Medios de comunicación independientes han observado un aumento de la violencia contra las mujeres relacionada con hombres que han servido o siguen sirviendo en el frente, aunque es probable que la mayoría de los incidentes no se reflejen en las estadísticas oficiales. Los hombres juzgados por violencia doméstica suelen recibir un trato indulgente, y es habitual que los tribunales les impongan penas leves, o incluso ninguna, acogiéndose a su condición de veteranos. Ni siquiera la propaganda patrocinada por el Estado ha sido capaz de desentenderse del problema, cada vez mayor, del trauma posbélico y el maltrato doméstico relacionado con él: el presentador de un programa de entrevistas provocó indignación al instar a las mujeres a tolerar las agresiones si sus parejas han luchado en la guerra.
Todo esto contrasta radicalmente con la fantasía promovida por el Estado ruso o los actores pro-Kremlin. Detrás de la imagen radiante de hogares felices y mujeres fuertes se esconde algo mucho más sombrío: un Gobierno que obliga a las mujeres a tener hijos, demoniza el feminismo y elimina las protecciones contra la violencia doméstica. El Estado incluso hace la vista gorda ante los malos tratos, sobre todo cuando los agresores son veteranos de guerra. Se podría argumentar que Rusia es «acogedora» para las mujeres solo en la medida en que sirvan al Estado como madres de futuros soldados y esposas de los que actualmente están en el frente, siempre que no hagan demasiadas preguntas sobre lo que han vivido sus hijos o maridos.
En lugar de prestar ayuda real a las familias o abordar las causas fundamentales del descenso de la natalidad y la desintegración familiar, las autoridades rusas recurren a la propaganda, el moralismo y las sanciones. La brecha entre la imagen de Rusia como defensora de la vida familiar tradicional y la realidad que viven las mujeres no deja de agrandarse.