La memoria en peligro: la pretensión rusa de borrar la cultura ucraniana
Si la historia es el repositorio acumulado de registros del pasado, la cultura es el proceso que le da vida. El repositorio puede ser administrado, lo que implica omitir archivos históricos y eliminar ramas para remodelar lo que se consideraba cierto. En el caso de Ucrania, la alteración de los archivos históricos y el desplazamiento de los objetos culturales busca imponer una versión diferente del pasado. Sin embargo, la cultura no depende de una única versión autorizada, puesto que restaura las ramas suprimidas y sigue generando significado incluso cuando el registro se reescribe por la fuerza.
A lo largo de los siglos XIX y XX, la cultura de Ucrania padeció numerosas prohibiciones y censuras impuestas por el Imperio ruso y las autoridades soviéticas, respectivamente, pero movimientos y organizaciones culturales revivieron y promovieron sin descanso la lengua, la literatura, la música y las artes ucranianas. Desde las sociedades secretas y la Hermandad de los Santos Cirilo y Metodio, con sede en Kiev, en el siglo XIX, hasta las sociedades Prosvita y la Unión de Mujeres Ucranianas, desde el Renacimiento Ejecutado modernista de la década de 1920 hasta los Sixtiers y el samizdat de las décadas de 1960 y 1980, los escritores, poetas, artistas y activistas ucranianos produjeron libros, obras de teatro, canciones y revistas en su propia lengua a pesar de la represión, las detenciones y la censura, para defender su derecho a la identidad nacional y la singularidad cultural.
Escritores, científicos y artistas fueron marginados o presionados para que se integraran en un canon ruso. Los que se resistieron a menudo hicieron frente a la censura, el encarcelamiento o la muerte. Un ejemplo frecuentemente citado es el asesinato del compositor Mikola Leontóvich. Su composición Schédryk, más tarde conocida internacionalmente como Carol of the Bells (en español Canto de prosperidad o de abundancia), alcanzó reconocimiento mundial a pesar de que se ocultó su origen nacional.
Tras la declaración de independencia de Ucrania en 1991, el concepto imperial de un «espacio cultural común» se fue debilitando progresivamente. Sin un control administrativo directo, el predominio cultural de Moscú en Ucrania retrocedió. Sin embargo, la reciente estrategia nacional rusa apunta a una intención de renovarlo. El discurso oficial sobre el «fortalecimiento de una identidad cívica panrusa basada en los valores espirituales, morales, culturales e históricos tradicionales» en los territorios ocupados indica que la homogeneización cultural sigue siendo un objetivo político.
Bajo esta fórmula se esconden prácticas que evocan épocas pasadas. En marzo de 2021, agentes de seguridad rusos detuvieron a varias personas que depositaron flores en un monumento al poeta Tarás Shevchenko, en la Crimea ocupada. Uno de ellos, el periodista Vladyslav Yesypenko, fue posteriormente condenado por cargos que, a juicio de los observadores, tenían motivaciones políticas. Los actos de conmemoración fueron tratados como actos de subversión.
La campaña se ha extendido más allá de las personas para abarcar el patrimonio material. En enero de 2026, la UNESCO había verificado daños o destrucción en 517 emplazamientos culturales de Ucrania, entre ellos edificios religiosos, museos, bibliotecas, monumentos y archivos. Entre los lugares afectados se encuentran los centros históricos de Odesa y Lviv, así como la catedral de Santa Sofía y el monasterio de las Cuevas de Kiev, monumentos reconocidos por su importancia arquitectónica e histórica.
La destrucción material ha ido acompañada de campañas de información. Las autoridades rusas han tratado de negar que hayan atacado lugares de importancia cultural y han difundido afirmaciones de que es la misma Ucrania quien pone en peligro el patrimonio ortodoxo. Incluso acontecimientos de la cultura pop, como el Festival de Eurovisión, han sido reinterpretados como amenazas ideológicas o incluso «rituales satánicos». Ucrania ha sido descrita como hostil a los «valores tradicionales» y tildada de «Estado nazi», citando como prueba su política cultural. En este relato, la defensa de la identidad ucraniana se presenta no como una forma de autoconservación, sino como extremismo.
El ataque a los santuarios y símbolos (a menudo mencionados por los funcionarios rusos como elementos de la «santidad rusa») revela la lógica profunda que hay detrás. El control del territorio es inseparable del control del significado. Si la cultura codifica la memoria, entonces la remodelación de la cultura se convierte en un medio para reescribir la pertenencia.
En el siguiente capítulo se examina otra dimensión de esta estrategia: el lenguaje, el medio a través del cual se transmite la memoria y se articula la identidad.