La memoria en peligro: los intentos rusos de borrar la lengua ucraniana
El idioma es el código fuente de la identidad que ejecuta los comandos del pensamiento y la expresión. Hasta ahora, hemos visto cómo Rusia reescribía la historia y corrompía la cultura, pero el ataque al idioma ucraniano tiene como objetivo borrar el código fuente en sí. Sin embargo, el ucraniano persiste, reiniciándose una y otra vez, rechazando la simulación impuesta desde el exterior y llevando consigo todo el peso de la historia y la cultura que lo preceden.
En la ideología rusa contemporánea, el argumento de la «protección de los rusoparlantes» ocupa un lugar primordial. En 2014, se esgrimió la acusación de que las poblaciones rusoparlantes de Ucrania sufrían discriminación para justificar la intervención militar y política. En 2022, una retórica similar acompañó a la invasión a gran escala. La «Estrategia para la política sobre las nacionalidades del Estado ruso hasta 2036» actualizada justifica la ocupación agresiva como una reunificación histórica de la población de habla rusa. Combinada con un discurso manipulador según el cual la mayoría de los ucranianos son de habla rusa, con ello abre las puertas a una intervención rusa más amplia.
La idea de que el desmantelamiento de la lengua ucraniana es esencial para controlar Ucrania es anterior a Vladimir Putin. Durante siglos, las autoridades rusas —imperiales, soviéticas y ahora contemporáneas— han tratado la lengua como una variable política más que como un patrimonio cultural. A lo largo de cuatrocientos años, el uso del ucraniano se ha visto restringido mediante circulares, decretos, condenas eclesiásticas y prohibiciones legales pensadas para reducir su uso en la educación, la letra impresa, la administración y la vida pública.
Desde el período soviético, el ruso ha sido elevado a la categoría de lengua supranacional, el medio principal de la administración y la ciencia, y últimamente promovido como herramienta de «comunicación interétnica». Conllevaba autoridad institucional y movilidad ascendente. El ucraniano, por el contrario, quedaba a menudo confinado a la esfera privada y se tachaba de lengua provinciana, apta para el folclore, pero no para el poder.
También se intentó debilitar el ucraniano a través de mecanismos legales a nivel nacional. En 2012, durante la presidencia de Víktor Yanukóvich, el Parlamento aprobó la ley lingüística Kiválov-Kolesnichenko, que ampliaba el uso oficial del ruso en varias regiones. Los críticos advirtieron de que esto erosionaba el estatus constitucional del ucraniano como única lengua oficial del Estado. Las protestas masivas de 2014 llevaron a la destitución de Yanukóvich, lo que reflejó una resistencia más amplia a la proximidad a Moscú y reforzó el compromiso con la integración europea.
La Crimea ocupada ofrece un ejemplo concentrado de la política lingüística bajo el control ruso. A pesar de la declaración del Kremlin de tres idiomas oficiales en la península (ruso, ucraniano y tártaro de Crimea), a finales de 2025 no quedaba ni una sola escuela ucraniana en Crimea. Con el pretexto de «mejorar la cualificación de los profesores» y «mejorar los programas educativos», Rusia intenta sistemáticamente rusificar y militarizar a los niños ucranianos en los territorios temporalmente ocupados.
Aunque las encuestas muestran que más del 90 % de los profesores, padres y alumnos ucranianos consideran al ucraniano su lengua materna, los mensajes del Kremlin siguen promoviendo el discurso de que los rusoparlantes sufren una opresión sistemática en Ucrania. Esta alegación persiste a pesar de la ausencia de pruebas que la respalden. Cabe señalar que el porcentaje de personas que ven el ucraniano como su lengua materna ha ido aumentando con el tiempo, en parte debido a la agresión rusa. En lugar de protegerlos, el Kremlin excluye a quienes hablaban ruso.
Las políticas impuestas en los territorios ocupados, desde la reestructuración educativa hasta la supresión de la vida pública ucraniana, ofrecen una indicación más clara de sus intenciones. Resulta inquietantemente evidente qué futuro está preparando el Kremlin para toda Ucrania.
Si la historia define el pasado y la cultura encarna la memoria colectiva, el lenguaje transmite ambos a través de las generaciones. Por lo tanto, los esfuerzos por controlarlo tienen como objetivo un aspecto fundamental: la capacidad de una sociedad para describirse a sí misma en sus propios términos.