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La propaganda como arma de guerra: cómo la propaganda rusa define las creencias y la motivación de sus tropas para el combate
Una de las características que determina la eficacia de la propaganda es que reestructura la forma en que las personas perciben el mundo que les rodea para convertir la guerra en «paz» y las mentiras en «verdad». La propaganda, la desinformación y la manipulación de la información, en general, no funcionan como un comandante que ordena a una persona tome las armas, sino que su influencia es más gradual y más insidiosa.
La organización no gubernamental LingvaLexa, con la colaboración de la Fiscalía General de Ucrania y la participación de un experto internacional en psicología social, llevó a cabo una investigación única sobre la influencia de la propaganda del Kremlin en la movilización y la motivación para el combate.
Una guerra en la que creen: lo que piensan realmente los soldados rusos
El objetivo de la investigación era dejar a un lado el debate sobre la propaganda e ir más allá de la retórica para identificar vínculos cuantificables entre el discurso ideológico y el comportamiento en el campo de batalla. Para ello, examinamos si, y en qué medida, la adhesión al discurso militar del Kremlin define las opiniones y el comportamiento de las tropas rusas que participan en la denominada «Operación militar especial» (SMO, por sus siglas en inglés). Para ello, se encuestó a 1060 prisioneros de guerra rusos utilizando cuestionarios normalizados y test psicométricos verificados.
Los datos obtenidos revelaron vínculos claros y cuantificables entre el nivel de creencia en la propaganda militar rusa y las percepciones, emociones y decisiones de los soldados en el contexto de la invasión a gran escala de Ucrania. En general, el 76,95 % de los soldados encuestados creía, hasta cierto punto, en al menos un discurso propagandístico del Kremlin, mientras que el 68,29 % percibía la SMO como una operación legítima, necesaria y relativamente justificada. En comparación con aquellos que no compartían los discursos propagandísticos, los soldados que creían más firmemente en la propaganda del Kremlin eran:
- seis veces más propensos a considerar la invasión justificada y legítima;
- casi el doble de propensos a expresar su voluntad de volver a combatir, incluso una vez liberados;
- significativamente más propensos a deshumanizar a los ucranianos y a normalizar la violencia;
- y sustancialmente menos propensos a rendirse voluntariamente, lo cual prolonga la guerra.
Así pues, el estudio demuestra que la propaganda no es un mero elemento de trasfondo de la guerra, sino uno de los mecanismos que la alimentan. Muestra, asimismo, que al contrario de lo que se suele pensar acerca del carácter coercitivo de la participación de los soldados rusos en la guerra, estos sí que creen en los objetivos de la invasión y participan en ella con gran celo. Si la gratificación por alistarse puede animarles a firmar el contrato, es la propaganda la que les motiva a combatir hasta que sean capturados y plantearse alistarse de nuevo, pese a haber sido testigos de los horrores de una guerra de drones de alta intensidad.
Es importante destacar que nuestro estudio también reveló que este compromiso ideológico se extiende mucho más allá del frente ucraniano: los discursos desinformativos fundamentales del Kremlin atacan sistemáticamente a Occidente y describen el conflicto como una cruzada defensiva, no solo contra Kiev, sino también contra la OTAN, Europa y lo que Moscú describe como un orden occidental decadente y agresivo.
Los discursos antioccidentales y la naturaleza transnacional de la desinformación
Los mensajes del Kremlin destinados a justificar la agresión se basan, en gran medida, en discursos antioccidentales. Entre los grupos de discursos evaluados, una parte significativa pretende legitimar la SMO definiéndola como una guerra defensiva y preventiva contra el expansionismo occidental. Estos son algunos ejemplos de afirmaciones mencionadas en la encuesta:
- «Ucrania es un títere de Occidente»;
- «La OTAN está librando una guerra contra Rusia por mediación de Ucrania»;
- «La invasión es una acción defensiva necesaria para prevenir un inevitable ataque occidental»;
- «La OTAN tiene laboratorios biológicos en Ucrania para atacar a Rusia»;
- «La SMO es una cruzada de defensa de los valores morales contra las “perversiones” occidentales (por ejemplo, el colectivo LGBT)».
El estudio demostró una marcada creencia en estos discursos antioccidentales entre los prisioneros de guerra rusos. De hecho, dichos discursos constituían casi la mitad (45 %) de aquellos promovidos por el Estado que el Kremlin utiliza para justificar la guerra. Por ejemplo, se observó una profunda convicción en relación con las afirmaciones «La OTAN está librando una guerra contra Rusia por mediación de Ucrania» y «Rusia está luchando contra la OTAN». Hasta un 80 % de los soldados creía estas dos afirmaciones en cierta medida.
Esto indica que la propaganda militar rusa forma parte de una campaña coordinada a largo plazo que va mucho más allá del conflicto ucraniano. Ideológicamente, esta definición de Rusia como defensora de los «valores rusos primordiales» frente a la «decadencia occidental» busca transformar el conflicto en una contienda espiritual entre el «mundo ruso», considerado moral, y un Occidente corrupto e inmoral. En términos geopolíticos, los discursos del Kremlin describen la agresión rusa como un ataque preventivo contra un títere occidental «antirruso»: el actual Gobierno ucraniano, que supuestamente es un «régimen nazi» que llegó al poder tras el «golpe de Estado» del Maidán de 2014.
Aparte del porcentaje de soldados que creían en estos discursos y del grado medio de creencia observado entre los prisioneros de guerra, nos llamó la atención otro resultado (o, más bien, la ausencia de un resultado). Al analizar la relación entre cada discurso propagandístico (es decir, por separado en vez de en su conjunto) y las actitudes de los soldados, no se observó ninguna diferencia estadísticamente significativa entre los discursos antioccidentales y los demás. En otras palabras: los discursos antioccidentales eran tan eficaces como las demás afirmaciones a la hora de motivar a los soldados para que deshumanizasen a los ucranianos, combatiesen hasta ser capturados y estar dispuestos a alistarse de nuevo tras ser intercambiados.
Así pues, es evidente que esta guerra informativa no termina en las fronteras de Ucrania. Su objetivo no es solo movilizar a sus tropas, sino también debilitar la unidad y los valores de las sociedades europeas. Al asumir el punto de vista de los soldados rusos, nuestro estudio apunta a que se ven a sí mismos ya en guerra con Europa y luchando contra la OTAN en Ucrania.
La propaganda como medio de agresión
Los resultados del estudio son importantes tanto para las autoridades policiales como para el desarrollo de políticas públicas, ya que sientan una base clara para la labor de las instituciones judiciales internacionales y nacionales a la hora de demostrar el papel de la propaganda estatal en la comisión del delito de agresión.
La propaganda no debe considerarse un mero trasfondo informativo, sino un arma de guerra en toda regla: un mecanismo psicológico que facilita la movilización social y el apoyo a acciones bélicas agresivas. La aplicación del principio reflejado en la expresión «Nunca más» requiere que se exijan responsabilidades a quienes, al convertir las palabras en instrumentos de influencia, contribuyeron a la ejecución de una guerra de agresión contra Ucrania, al tiempo que se refuerza la disuasión y la prevención dejando perfectamente claro que la propaganda empleada para inducir dicha agresión no quedará impune.
Al mismo tiempo, las actividades de los propagandistas que actúan como portavoces de una política estatal agresiva deben calificarse de complicidad en el delito de agresión, es decir, de colaboración sustancial con los actos de los máximos dirigentes políticos y militares. Nuestro estudio demuestra que sus discursos pueden influir directamente en la movilización militar y la motivación para el combate.
Aunque el derecho internacional obliga a los Estados a prohibir la propaganda de guerra, las sanciones por tales acciones siguen siendo insuficientes. La responsabilidad debe extenderse no solo a los autores directos, sino también a las más altas esferas del poder que planifican, coordinan y utilizan la propaganda como mecanismo impulsor de la agresión, así como a los agentes de segunda línea que materializan estos discursos y los difunden y sostienen en el conjunto global del aparato propagandístico. Esta postura se ajusta con mayor rigor a los principios de la justicia y del derecho penal internacional.