Reescribiendo la historia: el mito de la invencibilidad rusa
Mientras el mundo conmemora el 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto global más devastador de la historia, el Kremlin se dispone a aprovechar al máximo los actos del 9 de mayo para consolidar su versión revisada de la historia.
Rusia es la buena…
En otros artículos de esta misma serie ya hemos analizado cómo Rusia ha intentado reescribir sistemáticamente la historia para promover la falsa idea de que fue la única nación que luchó contra Hitler en la Segunda Guerra Mundial, mientras traza paralelismos manipuladores para justificar su actual guerra de agresión contra Ucrania.
El Kremlin recuerda deliberadamente su lucha contra los nazis para recuperar su antigua gloria y, aún más importante, su supuesta justificada superioridad moral, mientras se apropia de la victoria y menosprecia la valentía de los más de 6 millones de ucranianos que combatieron en Europa oriental y meridional para liberar al mundo del nazismo. La misma valentía con la que Ucrania está plantando cara hoy en día a la guerra no provocada que Rusia inició.
…y todos los demás son nazis
Por otra parte, el Kremlin ha utilizado la etiqueta de «nazi» para desacreditar a todo aquel que haya mostrado apoyo a Ucrania o se haya opuesto a la agresión rusa. Sin embargo, tachar a cualquier adversario de nazi no es simplemente un insulto o rencilla propios de un patio de colegio, sino una estrategia para deshumanizar a sus adversarios y allanar el camino para que las hostilidades iniciadas contra ellos sean aceptadas a ojos de la opinión pública. De ahí que el Kremlin haya intentado reescribir la historia para sostener, sin ningún fundamento, que la Europa actual es una reencarnación del nazismo. Esto, por supuesto, es un disparate, pero ilustra perfectamente la neolengua orwelliana del Kremlin, donde la guerra es la paz y las fuerzas de ocupación, los liberadores.
La invencibilidad no es más que la fachada
Para el Kremlin, el 9 de mayo no es solo un acontecimiento de gran visibilidad destinado a promover el revisionismo histórico y distorsionar el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial mientras proclama cínicamente que lo está salvaguardando. Es también una oportunidad para que el Kremlin utilice ese mismo revisionismo para forjar otro mito insidioso: la repetida afirmación de que Rusia es invencible.
En los últimos tres años, los acontecimientos y desfiles del 9 de mayo en Rusia se han convertido en un espectáculo diseñado para evocar la idea del excepcionalismo ruso y difundir propaganda engañosa, particularmente centrada en Ucrania y sus aliados, con el fin de justificar el belicismo de Rusia. La dimensión pública del espectáculo es esencial para proyectar una imagen de poder. Por ello, el Kremlin se ha abalanzado también ante cada oportunidad para escenificarlo, desde la recuperación de los desfiles deportivos de la era de Stalin hasta la organización de manifestaciones belicistas orquestadas por el Estado para mostrar apoyo a Putin y su régimen.
La invencibilidad como amenaza
La narrativa de la invencibilidad de Rusia ha jugado un papel decisivo en el contexto de la actual guerra de agresión, ya que no es más que otra manera de afirmar que toda forma de resistencia es inútil, porque «Rusia no puede ser derrotada». Esta lógica perversa esconde una amenaza implícita: dado que Rusia no puede ser derrotada, todo aquel que lo intente se enfrentará a consecuencias devastadoras ante su poderío.
Además, Rusia necesita mantener el mito de la invencibilidad para justificar las tácticas negociadoras del Kremlin, que consisten en exigir lo máximo, lanzar ultimátums y no ceder nunca. En definitiva, esto es un chantaje, ya que el mito de la invencibilidad conlleva una amenaza implícita.
La invencibilidad como argumento para reclamar el estatus de superpotencia
El mito de la invencibilidad, más allá de su función práctica a la hora de lanzar amenazas veladas y sostener propaganda dirigida a la opinión pública rusa con el objetivo de fomentar la movilización ciudadana, también es utilizado por el Kremlin para proyectar a Rusia como una superpotencia global, comparable a EE. UU. y China. En este sentido, la identificación de Rusia con la URSS no es casual: responde a una estrategia deliberada para desdibujar la historia empleando indistintamente los términos «Rusia» y «URSS».
Esto también pone de manifiesto que Rusia sigue anclada en una mentalidad propia de la Guerra Fría, en la que el mundo se divide en esferas de influencia y se rige por la ley del más fuerte. Esta concepción del mundo queda claramente reflejada en las ideas neocolonialistas e imperialistas que el Kremlin ha estado difundiendo en lugar de buscar una paz justa y duradera en Ucrania.
Los «invictos» derrotados en varias ocasiones
Uno de los elementos clave en los que el Kremlin basa el mito de su invencibilidad es la afirmación de que Rusia («la legítima heredera de la URSS») nunca ha sido derrotada militarmente. La historia, sin embargo, parece indicarnos lo contrario.
Si estuviésemos tan obsesionados con la historia como asegura estarlo Putin, bastaría con recordar la Guerra de Crimea, librada entre 1853 y 1856, en la que Rusia fue derrotada de forma decisiva por una alianza formada por el Imperio Otomano, Francia, Reino Unido y el Reino de Cerdeña. También podríamos mencionar la guerra ruso-japonesa que tuvo lugar entre 1904 y 1905, de la que Japón salió claramente vencedor. O incluso la mismísima Primera Guerra Mundial, que dejó el Imperio Ruso hecho trizas.
Además, si avanzásemos unas cuantas décadas, también podríamos ver cómo le fue a una gloriosa Unión Soviética armada con arsenal nuclear en Afganistán entre 1979 y 1989. Aunque probablemente ya se lo pueda imaginar. Exacto: a pesar de una campaña militar que duró 10 años, la URSS no logró derrotar a las guerrillas anticomunistas. Incluso podríamos fijarnos en las campañas militares más recientes de la Federación Rusa cerca de sus fronteras, como la Primera Guerra Chechena, que tuvo lugar entre 1994 y 1996. Una vez más, el argumento de que Rusia es invencible parece desmoronarse.
Por último, si la década de 1990 parece un pasado demasiado lejano, existen ejemplos mucho más recientes que plantean serias dudas sobre el mito de la invencibilidad de Rusia, como la heroica resistencia ucraniana frente a la arremetida inicial de la invasión a gran escala lanzada por Rusia en 2022 o la contraofensiva ucraniana en la región rusa de Kursk en 2024.
Si todo lo demás falla, llega el turno del comodín nuclear
Aunque hay algunos discursos pro-Kremlin que afirman que Rusia lucha por el bien de la humanidad, la mayor parte de la retórica sobre la supuesta invencibilidad de Rusia se sostiene en una amenaza implícita de represalias. Se trata de una maniobra deliberada que busca aprovecharse del miedo. Por eso no sorprende que los alardes de potencial nuclear desempeñen un papel crucial a la hora mantener la fachada de invencibilidad, ya que pocas cosas infunden tanto temor como la amenaza de aniquilación nuclear.
La exhibición de misiles nucleares durante el desfile del 9 de mayo forma parte de esta estrategia diseñada para reforzar el mito de la invencibilidad. Pero el Kremlin lleva usando los mismos trucos y malabarismos retóricos desde el inicio de la guerra. Ya sea fingiendo preocupación por la seguridad en la central nuclear de Zaporiyia o advirtiendo sobre el peligro de «acorralar a una Rusia con armas nucleares», sus «líneas rojas» no son más que deliberadas maniobras de manipulación para convertir la amenaza del uso de la fuerza en una forma de alimentar ese mito.
Está claro que el Kremlin recurre al comodín nuclear a menudo y sin ningún tipo de pudor como último recurso retórico para desacreditar a cualquiera que cuestione la narrativa de su invencibilidad.
No se deje engañar.