La memoria en peligro: cómo Rusia pretende borrar la identidad ucraniana

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Imagina un mundo en el que tu pasado no te pertenece, en el que cada acontecimiento, cada héroe, cada ciudad puede ser borrado y sustituido por un guion ajeno. En Ucrania esto no es ficción especulativa, sino una práctica política a la que sigue resistiéndose. Rusia ha reescrito siglos de historia ucraniana corrompiendo y reescribiendo sus archivos históricos para adecuarlos a sus designios imperialistas.

A finales de 2025, Vladimir Putin firmó el Decreto n.º 858, un documento técnico que esboza la dirección estratégica de la política nacional rusa de cara a la próxima década. Su lenguaje es burocrático y anodino, pero sus implicaciones no. Una redacción neutra oculta un objetivo claro: la consolidación de la identidad rusa en los territorios ocupados temporalmente. El decreto establece como objetivo que el 95 % de la población de las provincias ucranianas de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia se identifique como «rusa» en 2036 como resultado de las medidas descritas en el documento.

Esta estrategia no es nada nuevo. Las políticas imperialistas rusas primero, y después las soviéticas, trataron de subsumir la singularidad ucraniana en un relato ruso más amplio. Como parte de una serie que expone los planes de Rusia para borrar la identidad ucraniana, comenzamos por examinar el pasado.

Reescribiendo la historia

La condición de Estado de Ucrania y sus aspiraciones de libertad e independencia han sido tratadas durante mucho tiempo en Moscú no como un hecho histórico, sino como una provocación. El Kremlin recurre constantemente a la manipulación de los hechos y distorsiona siglos de historia, desarrollo político, vida intelectual y formación institucional ucranianas. Al calificar a Ucrania de «colonia» occidental y deformar la historia del Estado ucraniano, Moscú intenta controlar el discurso. Expresiones como «velar por la protección de la verdad histórica» y «restaurar la unidad de los territorios históricos del Estado ruso» sirven para convertir la agresión en recuperación y la destrucción en salvaguardia.

Este replanteamiento se aceleró a partir de 2014 con la noción de Ucrania como un «apéndice» de Rusia. Antes de la ocupación de Crimea, los dirigentes rusos mantenían la fórmula de los «pueblos fraternos»: dos naciones distintas, pero unidas por la historia y la cultura. Tras la anexión, el lenguaje cambió. Poco a poco, esta distinción se difuminó. Los ucranianos y los rusos dejaron de ser naciones emparentadas para convertirse en «un solo pueblo». Ucrania dejó de ser un país independiente y pasó a ser «parte integrante de la Rusia histórica». Este relato tardó varios años en evolucionar y, en 2019, el mensaje de que los ucranianos y Ucrania eran un pueblo y un Estado «fraternales», aunque independientes, había desaparecido de las redes informativas dirigidas por el Kremlin.

En el discurso del Kremlin, cualquier obstrucción a esta «reunificación histórica» entre ucranianos y rusos se atribuye a la injerencia externa. Lo que antes se describía como influencia occidental ahora se plantea como la intervención de un «Occidente colectivo» hostil que, supuestamente, impone «valores culturales ajenos a los rusos».

El revisionismo histórico se convierte así en política de Estado. El control del territorio va acompañado del control de la memoria. Los archivos históricos, los libros de texto y los símbolos públicos se tratan como instrumentos de gobierno. Su objetivo no es solo ocupar el territorio, sino redefinir la pertenencia. Si se puede reescribir la historia, se puede recalibrar la identidad. Y si se puede recalibrar la identidad, la existencia de una nación puede convertirse en provisional.

En el siguiente capítulo se aborda la dimensión cultural de este proyecto: el esfuerzo sistemático por remodelar, apropiarse o borrar los símbolos a través de los cuales una sociedad se entiende a sí misma.

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